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Un inicio, un final

Imagen vista en el muro de Miguel Acevedo

Imagen vista en el muro de Miguel Acevedo

Para el planeta y toda la vida que habita en él, ayer fue otro día tan igual como mañana o como cualquier fecha al azar. Sin embargo, como “especie inteligente” que pretendemos ser, los humanos forzamos el mingo para hacer que el 1 de enero sea un día especial.

Por supuesto, cada uno lo hace especial como le interese; la mayoría lo toma como ocasión de celebrar, de juntarse en familia, de hacer propósitos (muchos de los cuales no llegan a fin de mes, pero ni modo). Otros le dan un significado místico y por supuesto habrá aquellos a quienes no les importará un bledo.

Para mí, lo especial de este 1 de enero vino en dos momentos. El primero, al amanecer, cuando pude ver el primer sol en compañía de mi menudo de vida, Sebastián el hijo de Sarah y mis dos hijas, Vielka e Isabella. El segundo, al mediodía, cuando me tocó acompañar a mi familia y un grupo de amigos a despedir al tronco de hombre que fue mi primo Frank Sánchez Batlle.

El inicio

Desde el 2011 he intentado ver el primer sol del año con Vielka cada vez que he podido y el de hoy tuvo la chulería de poder incluir a Isabella por primera vez. Desde la mañana del 31 le estuve hablando a la pequeña del nuevo amanecer, y aunque sus 4 años probablemente no le permitían entender todo lo que le explicaba, el entusiasmo de verlo era todo lo que necesitaba.

A las 6 de la mañana desperté a los dos mayores y le puse ropa y un abrigo a Isabella que simplemente abrió los ojos y ni cuenta se dio del resto de la operación. Ya cuando llegábamos por los frentes de D’Luis Parrillada ella abrió los ojos, entre confundida y emocionada. Desmontamos y me asombró ver poca gente en los alrededores. “Se están perdiendo las tradiciones”, pensé. Preparé mi equipo mientras Sebastián, Vielka e Isabella jugaban al whatever en el área, y en poco tiempo empecé a fotografíar los minutos previos del amanecer, que empezaría a las 7:12 de la mañana, con la precisión a la que el cosmos nos ha acostumbrado.

Amanecer 2018

Amanecer 2018

Cuando finalmente el sol emergió detrás de unas pocas nubes, mis muchachos quedaron encantados, y sé que para Isabella fue particularmente impresionante. Una simpleza, ver nacer el sol un día, y a la vez, un bonding moment que ellos recordarán. Es una experiencia que recomiendo a todo padre y madre.

Ellos ven el sol, yo los veo a ellos

Ellos ven el sol, yo los veo a ellos

Complicidad de hermanas

Complicidad de hermanas

Su dicha es mi dicha

Su dicha es mi dicha

Sus risas, mi derrienge

Sus risas, mi derrienge

El “final”

Empezar un año en algún cementerio no me resulta una experiencia nueva. Ya he tenido que pasar por la pena de sepultar amigos y familiares en los primeros días de un nuevo ciclo y sé que la carga es más pesada precisamente por la mueca que resulta estar tristes cuando todos alrededor celebran. No deja de ser a la vez un recordatorio de que nunca las cosas son iguales para nadie.

Ve en paz, Campeón

Ve en paz, Campeón

La vida de mi primo Cuqui fue el epicentro de mi tarde, en donde los presentes en su funeral nos pasamos un largo tiempo recordando anécdotas, frases y momentos que vivimos junto a él. Imaginando su risa prodigiosa y sus abrazos cálidos y frondosos como era él mismo. Amigos y familiares hablaron en el acto de sepultura pero yo no me atreví a decir palabra. No iba a poder porque hasta redactando mis pensamientos se me ahogaba el recuerdo. No sé cuántos de ustedes tienen un Cuqui en sus familias, pero quizás gente como mi primo deberían convertirse en una medida de felicidad. Un número de 0 a 1 donde el 1 perfecto se llame “cuqui” y que pudiésemos determinar cuánta risa y alegría hay en un hogar calculando cuántos cuqui tiene.

Hace unos meses escribí una limonada sobre un hombre que admiré mucho, aunque no era familia mía. Recordaba su vida mencionando que había dejado muchas hondas huellas y eso mismo pienso de mi primo. Hoy, al ver el desfile de historias, y la manera tan diversa y amplia en la que la bonhomía de mi primo tocó a tanta gente, recordé la analogía de las huellas. Copio unas líneas de aquél escrito que aplican perfectamente a Frank Sánchez Batlle, el inolvidable “Trukis”.


Si has sido una persona de bien, al final de tu caminar sobre este planeta cuando la muerte te visite y fijes residencia permanente en algún cementerio, probablemente le dolerás a alguien. A tu familia inmediata, a tus compañeros del diario vivir y quizás hasta a esos amigos que no veías hacía muchos años. Si es así, felicidades, has dejado huellas.

Naturalmente, no todos dejaremos las mismas huellas. Hay intensidades en esto, como en todo. Y también hay volumen, como también en todo. Las huellas importan por su profundidad, que mientras más hondas más durarán; pero importan también por su cantidad pues mientras más logremos dejar, más personas podrán verlas y quizás seguirlas.

De eso se trata, quizás, la vida: de dejar hondas y numerosas huellas. Lo mejor es que no necesitas ser una “persona importante” como una figura pública, un gran inventor o un científico destacado. Dejar huellas está al alcance de todos.


Las muchas hondas huellas de Cuqui están ahí, visibles y acogedoras, y sobre ella sé que sus tres hijos, sus nietos y su eterna compañera, disfrutarán caminar. Ve en paz, campeón.

Estén presentes, siempre

Yo pensando en la madrugada… La paternidad se trata de acompañar, de dar tiempo, de estar presentes. Muchos de nosotros nos hemos divorciado y con ello hemos perdido muchísimo tiempo con nuestros hijos (ellos suelen ser quienes más sufren una separación). Sin embargo, es bueno recordar que nada sustituye la presencia, que no hay reemplazo para el abrazo en persona, para la caricia orgullosa, o para la simple compañía “just because”.

No nos engañemos, pocas cosas son más fáciles que encontrar una excusa. Por eso, hay que esforzarse en crear las condiciones y sacar el tiempo de dónde no hay para hacer que estemos presentes. En mi caso, a raíz de terminar mi primer matrimonio, indudablemente me perdí una cantidad importante de momentos con mi primera hija Vielka, que nunca podré resarcir. Por eso atesoro tanto cada oportunidad de estar con ella. Y en cualquier ocasión que esté compartiendo con Isabella (que la disfruto diariamente), siempre termino pensando también en Vielka. Hay que estar presentes, siempre.

Hace poco fui con Isabella a un espectáculo infantil en el que yo pasé muchas incomodidades y penurias pero mi niña pequeña estaba feliz. Al final del show, el Capitán Topa dijo las palabras que necesitaba escuchar: “Padres, madres, abuelos, atesoren estos momentos, estos recuerdos, estas memorias, porque lo más importante es que ustedes están presentes en ellas y sus pequeños siempre recordarán que estuvieron con ellos”.

Estén presentes. Siempre.

Esta viñeta está en inglés en el sitio original. La he traducido con afán de llevarla a mis lectores. La autoría es de Lunarbaboon.com.

Cuando tus hijos recuerden

Cuando tus hijos recuerden

Fui a orinai

Nací el jueves 23 de mayo de 1968, hace hoy 49 años. Sí, fui a orinai, y de cumpleaños te pido un regalo muy valioso (pero fácil de regalar).

Algunos de mis “23 de mayo”

El primer cumpleaños del que guardo alguna memoria fue mi cuarto, y lo que recuerdo es que mi madre estaba atendiendo un carajito nuevo que era mi hermano. En mis cinco años le di un beso a una prima mía y alguien hizo una foto de ese momento. A los siete años pensé que cuando cumpliera 10 ya sería un “niño grande” porque mi edad tendría dos dígitos. A los 12 años no quería cumplir 13 por aquello de la “mala suerte” pero en ese año creo que ni gripe me dio.

Por primera vez me sentí incómodo de ser el centro de atención cuando llegué a los 15 años. En 1986 cumplí 18 años y mi mayor frustración fue no poder votar en aquellas elecciones por escasos siete días. En ese cumpleaños mi madre oronda me dio un vaso de cerveza sin saber que hacía tiempo la había probado con mi tío Lope. Celebré mis 20 años casi sin querer en aquella heladería que quedaba en la Lope de Vega donde hoy está el Banco Santa Cruz (Gelato o Italianíssima, no recuerdo el nombre).

Mis 22 años me llegaron manejando el primer automóvil que compré con el fruto de mi trabajo, mi viejo Volky alemán fabricado en 1968, el mismo año de mi nacimiento (tiempo después, el azaroso de Arjona me dañaría el chiste). Recibí los 25 años en Las Terrenas, donde recuerdo que celebré muchos cumpleaños propios y ajenos, pero esa vez yo andaba solo.

Hace 20 años que celebré mi último cumpleaños soltero, pues en diciembre de 1997 me casaría por primera vez. Hace 16 fue mi último cumpleaños sin descendencia, pues en diciembre de 2001 nació mi primera princesa. En 2003, de nuevo en la “agencia libre”, vi llegar mis 35 años sumergido en un abismo financiero que me dejó la crisis económica de ese año. Pero si pensaba que ese año había tenido un cumpleaños chuipi, el año siguiente fue hasta la fecha mi natalicio más triste.

La primera vez que tuve una fiesta sorpresa fue a mis 38 años, maquinada por mi entonces novia y con la complicidad de una caterva de amigos que se vistieron de naranja y yo ni así me la llevé (en esa época muchos me conocían como “El Mamey” por mi nick en los foros de béisbol). Mis 39 los pasé acompañado de extraños en una loma de Jamao, pues en 2007 trabajé con International Student Volunteers como líder de proyecto.

Para mis 40 años, el color fue el verde limón y ese mismo día hace nueve años inauguré mi cuarto blog, el que ahora leen (así que mis 40 Limones también cumplen años hoy). En mis 44 años tuve otra sorpresa cuando mi madre y mi hija “me asaltaron” en mi oficina con una caterva de picaderas y un bizcocho, del cual seguramente Milca Peguero aún se acuerda. Para los 45 años de nuevo me contaba en el número de los casados con la que ahora me aguanta y los 46 llegaron con mi segunda princesa en brazos.

Y así, con alegrías más, y tristezas menos, llegamos a hoy. 49 años desde aquella noche en el “modernísimo” Centro Médico UCE en que empecé a fuñir la paciencia. Me gustaría pensar que aún no he llegado a la mitad de mi vida, pero no sé si tenga tanta suerte (o mi descendencia tanta mala suerte) de verme fuñendo el parto con más de 98 calendarios encima.

Si quieres felicitarme

Te la pongo bien fácil: Regálame un post de tu autoría, o un enlace de algún contenido que pienses que me puede gustar (fotos, vídeos, canciones, artículos…). Si te faltan ideas sobre mis temas favoritos, piensa en ciencia, astronomía, historia, redes sociales, curiosidades, matemáticas, ciencia de datos y cosas así. Pero si lo que te sale es compartirme la canción de Wellinton El Campeón, igual lo voy a apreciar (dizque).

Fui a orinai

Cuenta la leyenda que un cibaeño viajó por primera vez a Nueva York sin saber una palabra de inglés. Como todos, él tenía un primo en la gran urbe, cibaeño también, al que llamaban “el Mocho” y que trabajaba como dependiente en una tienda de electrodomésticos. Hasta allá fue el cibaeño a visitarle.

—Ei pipo, primo, pero Nuebayoi sí e’ lindo. ¡Cuánta vaina grandoooota! ¿Cómo le vade, primo?

—Bien pai tiempo, primo, aquí echando ei forro. –le contestó el casi-gringo con todo el acento “dei sitio” mientras acotejaba una nevera– Primo, mire, yo sé que ujté no epika inglé, pero vea, tengo que di de un pronto ai baño que me toy orinando. Hágame ei favoi, primo, no se ponga a hablai con naiden, que yo vengo ahora.

—Vaye primo, yo lo aguanto aquí. –le respondió el recién llegado.

Y así se fue el hombre apurado a la trastienda mientras el cibaeño con todos sus cadillos miraba tantas cosas en los pasillos. En seguida, un gringo entró y mirando un televisor LED de 50 pulgadas le preguntó al hombre:

—How much?

Y el infeliz entendió que preguntaba por su primo el Mocho, por lo que le respondió con la sinceridad que caracteriza al inocente:

—Forinai.

—Forty-nine? –replicó el gringo, entre incrédulo y fascinado.

—Sí, forinai, forinai.

El gringo gustoso le dio 49 dólares, cargó con su televisor y antes de que el cibaeño entendiera nada, otro cliente le preguntó por una computadora portátil de último modelo.

—How much?

—Forinai. –dijo el hombre contento de que su primo fuera tan famoso. El nuevo cliente también le dio 49 dólares y se llevó la flamante laptop. En eso, un latino se le acerca y le pregunta:

—A todos tú le dices “forty-nine”. ¿Tú estás seguro de eso? ¿Dónde ‘tá el Mocho?

Y el cibaeño encogiéndose de brazos de responde:

—Bueno, vea, pai tiempo que tiene que se fue a orinai, pa mí que también fue a c*gai, ve?

Una foto para definir la felicidad

Cada padre y madre sobre este planeta, en el momento en que adquiere esa responsabilidad, también adquiere algunos privilegios. Una de las más exquisitas ventajas de ser padre, creo yo, es el derecho que me asiste a “echar vainas” con lo hermosas que son mis hijas, esa desenfadada actitud de gloriarme en ellas y poder auparlas con pleno derecho a sentirme orgulloso de ellas, de ambas.

Así, haciendo uso de las facultades que me confiere mi segunda paternidad, me abrogo el derecho de sentirme dichoso por ser el padre de Isabella y de verla feliz y plena celebrando su primer año de vida. Ha sido un año lleno de momentos memorables, de chulerías y de bendiciones (esta limonada es un paseo por el año completo). Una que otra preocupación también, un desorden aquí y allá, pero el balance de las alegrías sobrepasa por mucho el de las malas noches y los momentos en los que las fuerzas me faltaron.

El pasado sábado celebramos el primer cumpleaños de Isabella y aunque hay sopotocientas fotografías, quise eternizar una sola en este post (luego, con más tiempo, quizás añada una galería más completa). Creo que esta foto define todo, el cumpleaños, la alegría y la vida misma de Isabella.

Puras sonrisas en todas partes, todos pendientes de ella y ella… ¡pendiente de su hermoso bizcocho!

Una foto para definir la felicidad

Una foto para definir la felicidad

Un paseo por el primer año de Isabella

Seguramente usted sabe que tengo dos hijas: Vielka, que cumplirá 13 años el próximo mes, e Isabella, quien llegó a nuestras vidas hace hoy justamente un año. Desde que me convertí en padre la primera vez, he tenido una debilidad natural y bastante conocida por mis hijas. Isabella, de alguna manera, tiene una ventaja sobre Vielka, y es que nació en una época en la que es sumamente fácil documentar con fotos, audio y video todos los pasos de una criatura.

Por eso, poco antes de que Isabella naciera, instalé una aplicación muy interesante en mi teléfono: 1 Second Everyday, creada por un desarrollador peruano y que está disponible tanto para Android como para iOS. Con 1SE pretendía guardar un segundo de la vida de Isabella cada día. Luego también empecé a usar Collect (solo en iOS)

Existen literalmente cientos de proyectos como este, pero como es natural, cada autor que hace un video como este piensa que el suyo es el mejor. Yo no pienso ser excepción y quiero compartir con ustedes este año de risas y algunas lagrimitas, de hermosas emociones, de llantos, de sonrisas y de ese maravilloso juego de aprender a comunicarse con una bebé que a su vez desarrolla su propio lenguaje para expresarse.

El primer año de Isabella from Darío Martínez Batlle on Vimeo.

Isabella hoy llegó a su primer año, el que espero que sea solo el primero de muchos que podré ver. Desde que anuncié que estábamos embarazados en abril del pasado año, he sentido una grata sensación de alegría de parte de la comunidad que usa parte de su tiempo en prestarle atención a mis pendejuanas en Twitter, Facebook, Instagram y otros espacios digitales. Quiero decir que estoy muy agradecido de saber que tanta gente ama a Isabella aún sin conocerla, que se alegra cuando la ve, que comenta en mis fotos y videos y que de lejos o de cerca, está pendiente de su desarrollo. Confío en que tanto Sarah como yo, lograremos encaminar a Isabella con suficientes valores y decencia para que trille un sendero que sume a la humanidad.

Gracias por acompañarnos este primer año. ¿Están listos para el segundo?