Posts in "Prosa y verso"

La nostalgia, esa bendita malvada…

¡Qué inservibles fueran los recuerdos desnudos sin la nostalgia, amiga! ¡Qué fría, sola, aburrida, patética y triste sería la memoria desprovista de ese velo de nostalgia que sazona todo, que “perspectiviza” todo. Y a la vez, qué tamaña vaina es cuando una noche preñada de vino o tequila ella viene, se nos anida furtiva y nos enoja por algo perdido, o nos hace suspirar por el pretérito sentimiento de alegría que se esfumó.

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El Google dominicano

La “gringa” no era gringa pero sí era alta y muy delgada, secuestrada de alguna pasarela de poca monta, pero pasarela al fin. Su sanky-panky, tan negro que era morado, más que alto era fornido, y sus brazos mostraban ingeniosos tatuajes que costaba percibir dada su oscuridad epidérmica. Café con leche que se veía feliz mascullando español y alemán entre breves risas con olor a sexo salvaje. La brisa jugaba con el vuelo de su falda tan corta como la esperanza del pobre que les pidió “cinco pesos pa comel” (hace rato que la inflación mató la moneda de a peso).

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Amo este amor

Yo amo este amor que descalzo me desanda
y que enerva la callada sinfonía de mis latidos

Amo este amor de niño que con su piel viste mi alma
destrozando con su luz mis oscuros gemidos

Yo amo este amor que canta con amapolas en su voz
en el que sereno abrevo el pretérito de mi sed

Amo este amor que despierta la mujer que habita en mi
que sabe tocar mis cuerdas en dulce melodía

Amo este amor que trae el alba a mi madrugada
que se cuela cual bella primavera de mis días

Amo este amor que hace que se mueran mis otoños
que zarpa de mis senos y atraca en mi vientre

Amo este amor que despierta la noche que duerme en mi cintura
que me despoja la culpa y me desviste el pudor

Amo este amor, sin tiempos vestido de eternidad…
y amándolo amo el amor que me da lo que doy

Amo este amor que le teje las alas a mi silencio
y amándolo me encierro en su blanca libertad

Amo este amor que olvida el final en mi almohada
y amándolo encuentro mi feliz perdición

Soledad y El Mamey

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Quienes conocen a esta exquisita poetisa y escritora de la vida digital, que escribe bajo el pseudónimo de Soledad, la han visto plasmar sus creaciones en foros como Rincón Dominicano y Dominicana en el Net. Este pequeño texto fue un bonito invento que produjimos en complicidad Soledad y yo el año pasado.

Un día Soledad y yo chateábamos y ella me propuso escribir juntos algún poema. Yo asentí pensando que sería algo a futuro, pero su próxima línea fue: “Yo amo este amor que descalzo me desanda” y me pidió que continuara. Así. En frío. Sin calentamiento. Sin preámbulos. Sin la visita de esa musa escurridiza que a veces llega y puebla mi cabeza de ideas. Y el resultado fue el texto que acaban de leer. Los versos en rosado son los de ella, y los azules son los míos.

Quiero que Soledad y yo volvamos a escribir. Me encantó la experiencia, y su torrente de metáforas me resultó un oásis de belleza. ¡Maestra, cuando tú quieras!

Desde el asteroide B 612

Un niño eterno, de rizos dorados y sonrisa enigmática, que te visita y te ruega que le dibujes un cordero, que ama una flor, que tiene temor a que los baobabs terminen de invadir su pequeño planeta, que domesticó un zorro y que así como llega se va envuelto en misterio y naturalidad.

Es el Principito. La obra cumbre de Antoine Saint-Exùpery, el escritor, pintor y piloto de la Segunda Guerra Mundial, cumplirá en estos días 60 años desde su primera edición en español.

Pocos textos me han marcado tanto a lo largo de mi vida. Quien no haya leído alguna vez este librito auto-ilustrado, debería dedicarle un par de horas. O mejor dicho, debería leerlo muchas veces, quizás un poquito a la vez, para digerir con mejor tino la suerte de enseñanzas que contiene.

No es que El Principito pretenda ser un libro sagrado. Tampoco es un libro de auto-ayuda como los de Richard Bach, Chautémoc Cárdenas o Leo Buscaglia. Y aún así, en sus breves páginas se destila un torrente de sencillez y virtud que hace bien a toda alma que lo lea.

En Google aparecen decenas de versiones para leer online o descargar. Quien no lo haya visto nunca, está personalmente invitado a hacerlo. Quien ya lo haya leído, le regalo nuevamente el placer de dibujar un cordero.

Un extracto, del capítulo XXI, que refleja lo que es la amistad:

Fue entonces que apareció el zorro:

–Buen día –dijo el zorro.

–Buen día –respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta pero no vio a nadie.

–Estoy aquí –dijo la voz–, bajo el manzano…

–¿Quién eres? –dijo el principito– Eres muy bonito…

–Soy un zorro –dijo el zorro.

–Ven a jugar conmigo –le propuso el principito– Estoy tan triste…

–No puedo jugar contigo– dijo el zorro –No estoy domesticado.

–¡Ah! perdón –dijo el principito.

Pero, después de reflexionar, agregó:

–¿Qué significa “domesticar”?

–No eres de aquí –dijo el zorro– ¿qué buscas?

–Busco a los hombres –dijo el principito– ¿Qué significa “domesticar”?

–Los hombres –dijo el zorro– tienen fusiles y cazan. ¡Es bien molesto! También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?

–No– dijo el principito. –Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?

–Es algo demasiado olvidado –dijo el zorro– Significa “crear lazos…”

–¿Crear lazos?

–Claro –dijo el zorro– Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…

–Comienzo a entender –dijo el principito– Hay una flor… creo que me ha domesticado…

–Es posible –dijo el zorro– En la Tierra se ven todo tipo de cosas…

Maravillosa manera de describir la amistad. 🙂

20 pesos de sobras

Entró en silencio, como una perra realenga llena de llagas. Tan callada que una sombra haría más ruido que sus pasos, los cuales flotaban en un aire de carencias que pretendía no interrumpir ninguno de los banquetes del lugar. Se sentó en la mesa más lejana de todos, la más cercana al baño, la que nadie quiere pero que ella abrazó como tabla de náufrago.

Como si temiera recibir un golpe si hablaba muy fuerte, llamó por señas a Marisol, la dueña del lugar. Por supuesto no pude escuchar lo que pidió pues hasta sus labios se movían demasiado despacio haciendo imposible que pudiera leerlos. Además, seguramente no habría entendido su español apatoisado que brotaba escuetamente de su famélico pecho.

La haitiana vestía un vestido tan negro como ella, y tan sencillo como la noche sin luna ni estrellas. Un vestido tan negro como su esperanza y tan simple como su hambre. Un vestido negro para la negra haitiana que se sentaba en la mesa del baño, a solas, como siempre, como de costumbre, como la estampa diaria de su culto al Dios del Manyé al que ofrecía su tributo de veinte pesos arrugados y empequeñecidos a un bolillo que simplemente pasó a Marisol sin pretender descuento ni ñapa.

Entre la negra y Marisol había un convenio. Una forma de misericordia mercantil que satisfacía las entrañas de la negra por mucho menos de la mitad del precio que pagábamos todos los demás. Dos minutos después regresó la eficiente Marisol con un plato enorme, con arroz blanco y pedazos de pollo salteados con vegetales en trocitos y un poco de caldo de sancocho (sin más carne que un cocote, según pude ver). Un vaso de agua coronaba el manjar de la negra.

La haitiana comió en silencio su comida de sobras. Sus veinte pesos de sobras, de lo que quizás yo mismo no quise comer 5 minutos antes. Pidió, eso sí, un poco de salsa picante, supongo yo que para darle algún sabor ajeno a su cruda realidad. Un sabor distinto quizás. O un sabor ácido y picante como sus días.

Yo la observaba en mi distancia, esa distancia que ella misma puso entre nosotros a voluntad propia, pero que igualmente habríamos hecho todos si se sentaba en medio nuestro. Y sólo quería comer. Comer sobras de 20 pesos. En silencio. Deseando ser invisible para que nadie se ofendiera de su presencia. Comiendo residuos nuestros. Como una perra realenga llena de llagas.

Entonces miré sus piernas, que estaban tatuadas de cicatrices gruesas… y ya no pude más.

La Bendición de la Loca

La Zona Colonial es, para desventura de ellos y vergüenza de nosotros, el hogar sin techos ni paredes de decenas de enajenados mentales y pordioseros que pululan de una esquina a otra ante la mirada indiferente de todos. También en la Zona Colonial está ubicado el colegio donde asiste mi hija Vielka junto a dos primitas. Acostumbro a ir a buscarlas diariamente como forma de verla e ir monitoreando un poco su desarrollo.

Hoy iba en el auto con mis tres “Chicas Superpoderosas” conversando animadamente cuando llegamos a la esquina de la casa de ellas. Siempre que ando con las niñas soy bastante más cauteloso con todo lo que ocurre en la calle, procurando estar alerta a cualquier imprevisto. Por eso desde lejos noté que la señora que estaba de pie y de espaldas a mí en el espacio donde pensaba aparcar el auto era una enajenada mental.

–¡Tío, mira, una loca! –interrumpió la mayor de mis sobrinas señalando a la infeliz. Ella notó el vehículo y luego de darse cuenta de que quería estacionarme, se quitó del lugar y pensaba que se retiraría lejos. Cruzó la calle y desde la acera de enfrente nos miraba. La mayor de las niñas contagió de asombro y cierto dejo de temor a las dos pequeñas que instintivamente se inclinaron en el asiento hacia el lado derecho del automóvil que era el más lejano de la pobre “loca”.

Yo me quedé unos segundos evaluando qué hacer. No quería que las niñas actuaran con desprecio hacia la mujer, pero tampoco quería que ella se acercara a nosotros. Simulé que me quedaría en el auto esperando que la señora se alejara más, y aproveché para hablarles a las niñas sobre lo que pasaba con la infeliz. Traté de explicarle con un vocabulario de 4 años que ella tenía “problemas”, pero eso sólo despertó el gusanillo de la curiosidad.

–¿Qué problemas tiene? –preguntó la mayor, que usualmente funge como “vocera” del trío. En eso noté que la mujer se había movido unos pasos y vi la oportunidad de salir del auto. “Problemas personales” dije simplemente y añadí “Es una pobre mujer que me da lástima”.

Salí del auto y lo rodeé por detrás para desmontar a las niñas lo más lejos posible de la señora, pero ella al notar mi movimiento dio marcha atrás y volvió a colocarse mirándonos desde la acera. Le dirigí una mirada entre molesto y preocupado y ella confirmó que tenía lo que quería: mi atención.

Mientras ella cruzaba la calle yo agarraba a las niñas y las colocaba detrás de mí. Se acercó hasta estar a unos dos metros y habló. Sus palabras fueron inesperadas y profundamente avergonzantes para mí:

–Ay m’hijo, que Dios te bendiga las niñas.

Aún en mi afán de protegerlas de la “amenaza” no atiné a entender lo que me decía la señora. Las niñas estaban a mis espaldas y estaban asustadas porque yo mismo las estaba asustando. Cuando logré digerir el deseo de la señora, balbucí un “Amén, gracias”. Ella trataba de sonreírles buscándolas detrás de mí y yo insistía en cuidarlas de ella.

Me pidió dinero, me mostró una herida y me habló del sida y de la soledad, todo en unos 10 segundos. Rechacé ayudarla con la clásica mentira del “no tengo nada” y logré evadir a la mujer agarrando fuerte a mis tres muchachas de la mano. Vielka se quedó mirando a la mujer que también la miraba fijamente.

Cruzamos la calle alejándonos de la señora y yo daba pasos más largos de lo usual procurando alcanzar la puerta y subir al segundo piso donde debía dejar a las niñas. La enajenada nos siguió, aumentando la sensación de miedo de la mayor pero mi Vielka y la otra primita no dejaban de mirar a la infeliz hija del desamparo.

La puerta de la escalera estaba abierta y las dos hermanitas ya habían entrado. Entonces Vielka se detuvo, señaló a la mujer y dijo:

–Que Dios te bendiga con mucha bendición.

Ella repetía lo que le he enseñado siempre, “cuando escuches una bendición debes devolverla más grande”.

Sentí que el tiempo se detuvo y miré a la “loca” que aún tenía su mirada fija en Vielka. Logré ver cómo se dibujó una sonrisa de niña en su rostro y dijo un “gracias” que sé que le supo a gloria. No sé describirlo y no sé si les hará sentido a ustedes, pero sentí en ese momento que la “loca” y mi hija se entendieron, que hablaron un idioma puro y bendito, uno que hace años los “cuerdos y adultos” dejamos de comprender.

La cerrada puerta de barrotes se interpuso entre la mujer y mi hija, pero aún así ella se abrazó a la puerta y mientras empezaba a derrumbarse mi alma al comprender lo que pasaba entre ella y mi hija, las escuché despedirse con cordialidad.

–Adiós niña linda.
–Babay adiós.

Y eso fue todo.

Terminé de subir las escaleras y le entregué mi niña a su abuela mientras usaba las mangas de mi camisa como pañuelo. ¿Qué fue lo que pasó?

Pasó que una niña y una “loca” se bendijeron. Pasó que un prejuicio social nos dice que hay que cuidar a los niños de los locos y negarles a ellos todo contacto con quizás la única posibilidad de ser un poco iguales, un poco normales… un poco felices. Pasó que por un momento sentí que la enferma y loca mujer lograba que alguien le echara una bendición sincera, que le prestara un poco de atención desinteresada. Y eso me conmovió mucho.

Eso pasó hoy. Y Vielka aún no sabe lo que hizo.

2005

Creo que ya antes he estado aquí. Primer día de otro año nuevo, y tengo en mis manos una nueva baraja de cartas llenas de interrogantes. A mis espaldas han quedado las 366 cartas que vi pasar hasta ayer, y al examinarlas descubro, como siempre, que he tenido sonrisas y lágrimas, aunque felizmente más de lo primero.

Despliego mis nuevas barajas sobre el nacáreo lienzo que hoy empiezo a recorrer. Cual Nostradamus a veces quisiera ver lo que cada una guarda para mí, empezado por saber si llegaré a ver la última del grupo. Sonreiré, no lo dudo. Lloraré, también. Triunfaré y fracasaré, como todos, una vez, otra vez, vez tras vez, corriendo, a veces gateando, alentando a otros en tramos, y en ocasiones apoyándome en los hombros de los demás.

Balanza de circunstancias que al final, como hoy, habré de juzgar con más benevolencia que buena memoria, dándole gracias a Dios por haberme preservado la vida todavía un año más. Me contenta mirar un año atrás y congratularme de que logré alcanzar metas planteadas, metas sencillas pero vitales para mí. Me lancé, como el niño que alguna vez fui, sobre la playa a recoger caracoles y echarlos en mi alforja para jugar con sus colores. Y hoy veo que fue buena mi aventura.

366 cartas pasaron. 365 cartas nuevas están en mi mano. Jugarlas sabiamente es mi entera responsabilidad. A Dios sólo le pido la salud y la fortaleza para levantarme cada uno de los días de mi vida para enfrentarlo y extraer de mi vida las mejores diademas para crecer y bendecir este nuevo año.

Nuevas metas tengo, comparticionadas en cinco ramas principales. La espiritual, la física, la social, la intelectual y la financiera. En cada aspecto he trazado un norte a seguir, hacia los cuales procuraré encarrilar mis 365 jugadas. El éxito en relativo porque nunca logramos controlar todas las variables que en él intervienen. Sin embargo, es justo esperarlo si tenemos un plan sensato y hacemos nuestra parte del trato para que funcione. De Dios, que es bueno en supremacía, dependerá que germine la semilla plantada, regada y abonada de nuestros esfuerzos.

¡Esforcémonos, pues, y salgamos a hacer las mejores jugadas!

Te espero paciente

Te espero paciente,
Sin prisas y con ansias
Sin haberte visto ya te conozco
Sin haberte tocado, te he sentido
Sin adivinarte, te sé.

Te espero paciente,
Sin dudas ni falacias
Sin saber aún quién eres
Ni cómo eres, pero conociéndote
Palmo a palmo, te sé.

Te espero paciente,
Sediento de la sustancia
Que vital, renueve mi alma
Y beber de tu esencia la vida
Y brindarte mi vida a la vez

Te espero paciente,
Y te sueño en la distancia
Con retazos de mis diosas
Con pedazos de mis musas
Como ejercicio de mi fe.

Te espero paciente,
No te apresures, pero sábelo
Antes de besarte, te he besado
Antes de acariciarte, te hice mía
Antes de conocerte, ya te extraño
Antes de que llegues, ya estás en mí

Te espero paciente,
Y cuando llegues, se encenderá mi vida
y cantará mi alma en eterna primavera
Porque sé que eres y serás
Mi mejor espera, mi bendita espera

Te espero paciente,
Llega cuando quieras.