Posts in "Prosa y verso"

Nelson

Tembloroso, con los nervios hechos un manojo mientras los vagones de la vida frente a él pasaban mientras diez mil otras desdichas lo ignoraban mientras la angustia, o más que angustia, la agonía lo arropaba. Sobre sí mismo se envolvía como un ovillo de golpes y cicatrices con su mirada triste de hambre sin cariño,… Continue reading

Sexo

Envuelto en su lujuria existencial, se acercaba a ella, que lo esperaba siempre tan serena y callada. Con su porte de Dios omnipresente la rodeaba; sus ojos, azules como el infinito profundo, alcanzaban a ver hasta la esquina más redonda de su cuerpo, y aunque conocía desde años proverbiales hasta sus más secretas grutas, no… Continue reading

Mi amiga

La de la profunda mirada, a veces perdida en un punto focal imaginario, más veces atenta al contoneo del humo que baila en la punta de su cigarrillo. La de la negra cabellera, que se derrama abundante y pródiga en cascada sobre sus hombros y mis ansias, con igual intensidad que despreocupación. La de la… Continue reading

Hoy

Te confieso que tengo miedo. No pude prepararme correctamente para hacer frente a los temores que me asaltan. Me habían contado que al verte por primera vez, me sentiría lleno de incertidumbres, y yo procuré estar listo… Pero ahora te veo ante mí y me convenzo de que nada podría haberme anticipado esta sensación. Hoy me doy cuenta de que tu individualidad comienza con mi incapacidad de prever la diversidad de emociones que me provocas.

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El Embajador del Mar

En algún momento de mi vida, ocurrió un episodio mágico, del cual no podría describir mis emociones, pero que me cautivó para siempre. Mientras miraba la televisión, apareció una escena marítima que jamás había imaginado. Había un buzo sin protección rodeado de varios tiburones blancos de gran tamaño. Asombrado, me detuve a contemplar la escena, y debo confesar que jamás la he dejado de observar. Jacques Yves Cousteau había ganado un tele-buzo más.

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La Rosa Herida

A medida que me acercaba, sentía que las tenebrosas voces se hacían más fuertes y penetrantes. “¡Hipócrita! Eres un miserable y sólo deseas tranquilizarte. En realidad no te importa la niña, sino poder dormir”. En pocos minutos alcancé la esquina nuevamente. Estaba sudando frías gotas de angustia. Como me imaginaba, la niña no estaba ya en la acera. Crucé la intersección lentamente, mirando hacia todas partes, procurando escudriñar todos los rincones del Supermercado Nacional. Me sentí un poco aliviado. “Al menos ya se marchó”, pensé tratando de gratificarme y así acallar los demonios que me perseguían. Impulsado por mis reflejos, rodeé el Centro Comercial Nacional y bajé por la Avenida México, justo detrás del tarantín donde las señoras preparan los ramos de las flores. “Tampoco está aquí; definitivamente se marchó”, me dije, aliviado.

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