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El último beso a mi papá

La noche del miércoles pasado vi a mi papá con vida por última vez. Desde su caída en abril, nunca pudo salir de la cama y su salud fue disminuyéndose progresivamente con el correr de los días. Finalmente falleció la madrugada de hoy, al lado de mi madre y mi hermano.

La vida de mi padre fue larga, con 90 años, 5 meses y seis días de longitud (33,030 días, un número bonito). Tuvo oportunidad de lograr muchas cosas con sus negocios y se retiró con apenas 56 años. Lleno de altas y bajas, con graves errores y algunos buenos aciertos como hombre y como padre, nos encaminó a todos. Tengo un montón de recuerdos de mi padre. Y otro montón de recuerdos que nunca tuve con mi padre.

Quisiera compartir uno que me sirve a modo de “closure”.

En mi adolescencia, haciendo de “detective” fue que me enteré de que tenía cinco hermanas, hijas de otras dos personas. Aunque pensaba que era obvio, vale apuntar que estamos hablando de hechos ocurridos hace más de 50 años en una época en la que las relaciones de pareja eran muy distintas a hoy día (y distintas para el lado malo). Los errores que cometió mi papá (hay quien los querrá llamar de otra forma, yo decido denominarlos “errores”) fueron suyos, pero a la vez cosas bastante comunes en esa época.

No puedo juzgar a mi padre, y mucho menos a las damas envueltas en todo ello, pero detrás de esos hechos hay una cantidad de detalles que no me animo a contar. Obviamente, tanto los adultos y sobre todo mis hermanas y nosotros sufrimos heridas que aún hoy no han sanado del todo, terribles desengaños y dolores. Yo, que de niño siempre quise una hermana, con 14 años me sentí defraudado al saber que tenía cinco que no conocí hasta tarde. Odié el “secreto” y especialmente el que tuve que enterarme por mis propios medios de los detalles. Enfrenté a mi papá y recuerdo que me dijo que “esas son cosas de hombres” y hasta ahí llegó esa conversación.

Siempre saludábamos a mi papá con un beso en la mejilla o en la frente y era una ofensa mayúscula saltarse ese protocolo. Mi papá era un hombre recio, alto, fuerte… siempre lo vi como un coloso invencible, como una columna y así mismo le temía. Una vez hice un desplante en la mesa y el vozarrón y el manotazo que dio en la mesa todavía retumban en mi memoria. Mi papá no era guardia pero parecía un general en cualquier momento.

Por eso, la manera en la que ejecuté mi mayor acto de rebeldía fue el día que me negué a besarlo. Montó en cólera esa tarde, más cuando le dije que era por haberme negado saber de mis hermanas, y sobre todo porque “besar hombres no es cosa de hombres”. Su enojo se le pasó y se convirtió en una forma de vergüenza. Nunca me perdonó ese desplante.

Desde entonces han pasado más de 35 años a lo largo de los cuales me vio crecer, pagarme mis estudios universitarios sin su ayuda (otro acto de rebeldía, hay que ver que la rebeldía puede ser tonta), graduarme de dos carreras, iniciar dos negocios, desempeñar varios empleos y darle dos nietas que probablemente le alegraron la ancianidad. Me dio pocos consejos sobre negocios, pero los que dio fueron útiles pues son leyes de vida. Sobre mujeres nunca me dio consejos, pero recuerdo que cuando me divorcié él me preguntó por qué lo había hecho (mi papá le tuvo mucho cariño a mi primera esposa, lo mismo que a Sarah, a ambas las consideraba “Santas” por aguantarme). Le dije que había aprendido que el divorcio es una solución dolorosa, pero que era una solución que liberaba a las partes. Preguntó que quién me había enseñado eso y le dije “Tú, cuando no te divorciaste”.

En los pasados dos meses desde su caída, tuve la oportunidad de acompañar a mi padre en muchas ocasiones, de estar con él, de ayudar en su aseo y a acomodarlo cada vez en la cama. De hablar, de reir algunas veces, de mirarlo ser terco y sacarnos la lengua a todos. Tuve el lujo de quererlo en sus últimas semanas con mucha intensidad y ayudar a que no se sintiera tan solo.

Y la noche del miércoles, besé su frente. Y él lo supo. Y me miró. Y así, de alguna forma, me perdonó. Y yo también lo perdoné.


Salí de vacaciones ayer con mi esposa y los niños y estaremos en Disney. Irónico estar en “el lugar más feliz del mundo” con un luto en el alma, pero decidí que no iré a Santo Domingo. Quizás muchos se asombren de que no tome un vuelo para estar en su funeral y sepelio, pero a amar se ama en vida, y lo que se debe hacer se hace cuando la persona está en capacidad de verlo y agradecerlo. Por supuesto, quisiera poder estar en estos momentos porque mi madre y mi hermano también necesitarán apoyo… pero romper las vacaciones para asistir a su sepelio provocaría a la vez una asuencia para Vielka e Isabella que estarán sin su papá en Disney. No es una decisión cómoda ni simpática pero sé que mi papá me apoyaría… y eso es lo que más me importa.

Cierro un ciclo de vida. Hoy es mi primer día como huérfano de padre. Se siente horrible, pero estoy lleno de la paz del deber cumplido, y de haber besado a mi papá.

Un inicio, un final

Imagen vista en el muro de Miguel Acevedo

Imagen vista en el muro de Miguel Acevedo

Para el planeta y toda la vida que habita en él, ayer fue otro día tan igual como mañana o como cualquier fecha al azar. Sin embargo, como “especie inteligente” que pretendemos ser, los humanos forzamos el mingo para hacer que el 1 de enero sea un día especial.

Por supuesto, cada uno lo hace especial como le interese; la mayoría lo toma como ocasión de celebrar, de juntarse en familia, de hacer propósitos (muchos de los cuales no llegan a fin de mes, pero ni modo). Otros le dan un significado místico y por supuesto habrá aquellos a quienes no les importará un bledo.

Para mí, lo especial de este 1 de enero vino en dos momentos. El primero, al amanecer, cuando pude ver el primer sol en compañía de mi menudo de vida, Sebastián el hijo de Sarah y mis dos hijas, Vielka e Isabella. El segundo, al mediodía, cuando me tocó acompañar a mi familia y un grupo de amigos a despedir al tronco de hombre que fue mi primo Frank Sánchez Batlle.

El inicio

Desde el 2011 he intentado ver el primer sol del año con Vielka cada vez que he podido y el de hoy tuvo la chulería de poder incluir a Isabella por primera vez. Desde la mañana del 31 le estuve hablando a la pequeña del nuevo amanecer, y aunque sus 4 años probablemente no le permitían entender todo lo que le explicaba, el entusiasmo de verlo era todo lo que necesitaba.

A las 6 de la mañana desperté a los dos mayores y le puse ropa y un abrigo a Isabella que simplemente abrió los ojos y ni cuenta se dio del resto de la operación. Ya cuando llegábamos por los frentes de D’Luis Parrillada ella abrió los ojos, entre confundida y emocionada. Desmontamos y me asombró ver poca gente en los alrededores. “Se están perdiendo las tradiciones”, pensé. Preparé mi equipo mientras Sebastián, Vielka e Isabella jugaban al whatever en el área, y en poco tiempo empecé a fotografíar los minutos previos del amanecer, que empezaría a las 7:12 de la mañana, con la precisión a la que el cosmos nos ha acostumbrado.

Amanecer 2018

Amanecer 2018

Cuando finalmente el sol emergió detrás de unas pocas nubes, mis muchachos quedaron encantados, y sé que para Isabella fue particularmente impresionante. Una simpleza, ver nacer el sol un día, y a la vez, un bonding moment que ellos recordarán. Es una experiencia que recomiendo a todo padre y madre.

Ellos ven el sol, yo los veo a ellos

Ellos ven el sol, yo los veo a ellos

Complicidad de hermanas

Complicidad de hermanas

Su dicha es mi dicha

Su dicha es mi dicha

Sus risas, mi derrienge

Sus risas, mi derrienge

El “final”

Empezar un año en algún cementerio no me resulta una experiencia nueva. Ya he tenido que pasar por la pena de sepultar amigos y familiares en los primeros días de un nuevo ciclo y sé que la carga es más pesada precisamente por la mueca que resulta estar tristes cuando todos alrededor celebran. No deja de ser a la vez un recordatorio de que nunca las cosas son iguales para nadie.

Ve en paz, Campeón

Ve en paz, Campeón

La vida de mi primo Cuqui fue el epicentro de mi tarde, en donde los presentes en su funeral nos pasamos un largo tiempo recordando anécdotas, frases y momentos que vivimos junto a él. Imaginando su risa prodigiosa y sus abrazos cálidos y frondosos como era él mismo. Amigos y familiares hablaron en el acto de sepultura pero yo no me atreví a decir palabra. No iba a poder porque hasta redactando mis pensamientos se me ahogaba el recuerdo. No sé cuántos de ustedes tienen un Cuqui en sus familias, pero quizás gente como mi primo deberían convertirse en una medida de felicidad. Un número de 0 a 1 donde el 1 perfecto se llame “cuqui” y que pudiésemos determinar cuánta risa y alegría hay en un hogar calculando cuántos cuqui tiene.

Hace unos meses escribí una limonada sobre un hombre que admiré mucho, aunque no era familia mía. Recordaba su vida mencionando que había dejado muchas hondas huellas y eso mismo pienso de mi primo. Hoy, al ver el desfile de historias, y la manera tan diversa y amplia en la que la bonhomía de mi primo tocó a tanta gente, recordé la analogía de las huellas. Copio unas líneas de aquél escrito que aplican perfectamente a Frank Sánchez Batlle, el inolvidable “Trukis”.


Si has sido una persona de bien, al final de tu caminar sobre este planeta cuando la muerte te visite y fijes residencia permanente en algún cementerio, probablemente le dolerás a alguien. A tu familia inmediata, a tus compañeros del diario vivir y quizás hasta a esos amigos que no veías hacía muchos años. Si es así, felicidades, has dejado huellas.

Naturalmente, no todos dejaremos las mismas huellas. Hay intensidades en esto, como en todo. Y también hay volumen, como también en todo. Las huellas importan por su profundidad, que mientras más hondas más durarán; pero importan también por su cantidad pues mientras más logremos dejar, más personas podrán verlas y quizás seguirlas.

De eso se trata, quizás, la vida: de dejar hondas y numerosas huellas. Lo mejor es que no necesitas ser una “persona importante” como una figura pública, un gran inventor o un científico destacado. Dejar huellas está al alcance de todos.


Las muchas hondas huellas de Cuqui están ahí, visibles y acogedoras, y sobre ella sé que sus tres hijos, sus nietos y su eterna compañera, disfrutarán caminar. Ve en paz, campeón.

Fui a orinai

Nací el jueves 23 de mayo de 1968, hace hoy 49 años. Sí, fui a orinai, y de cumpleaños te pido un regalo muy valioso (pero fácil de regalar).

Algunos de mis “23 de mayo”

El primer cumpleaños del que guardo alguna memoria fue mi cuarto, y lo que recuerdo es que mi madre estaba atendiendo un carajito nuevo que era mi hermano. En mis cinco años le di un beso a una prima mía y alguien hizo una foto de ese momento. A los siete años pensé que cuando cumpliera 10 ya sería un “niño grande” porque mi edad tendría dos dígitos. A los 12 años no quería cumplir 13 por aquello de la “mala suerte” pero en ese año creo que ni gripe me dio.

Por primera vez me sentí incómodo de ser el centro de atención cuando llegué a los 15 años. En 1986 cumplí 18 años y mi mayor frustración fue no poder votar en aquellas elecciones por escasos siete días. En ese cumpleaños mi madre oronda me dio un vaso de cerveza sin saber que hacía tiempo la había probado con mi tío Lope. Celebré mis 20 años casi sin querer en aquella heladería que quedaba en la Lope de Vega donde hoy está el Banco Santa Cruz (Gelato o Italianíssima, no recuerdo el nombre).

Mis 22 años me llegaron manejando el primer automóvil que compré con el fruto de mi trabajo, mi viejo Volky alemán fabricado en 1968, el mismo año de mi nacimiento (tiempo después, el azaroso de Arjona me dañaría el chiste). Recibí los 25 años en Las Terrenas, donde recuerdo que celebré muchos cumpleaños propios y ajenos, pero esa vez yo andaba solo.

Hace 20 años que celebré mi último cumpleaños soltero, pues en diciembre de 1997 me casaría por primera vez. Hace 16 fue mi último cumpleaños sin descendencia, pues en diciembre de 2001 nació mi primera princesa. En 2003, de nuevo en la “agencia libre”, vi llegar mis 35 años sumergido en un abismo financiero que me dejó la crisis económica de ese año. Pero si pensaba que ese año había tenido un cumpleaños chuipi, el año siguiente fue hasta la fecha mi natalicio más triste.

La primera vez que tuve una fiesta sorpresa fue a mis 38 años, maquinada por mi entonces novia y con la complicidad de una caterva de amigos que se vistieron de naranja y yo ni así me la llevé (en esa época muchos me conocían como “El Mamey” por mi nick en los foros de béisbol). Mis 39 los pasé acompañado de extraños en una loma de Jamao, pues en 2007 trabajé con International Student Volunteers como líder de proyecto.

Para mis 40 años, el color fue el verde limón y ese mismo día hace nueve años inauguré mi cuarto blog, el que ahora leen (así que mis 40 Limones también cumplen años hoy). En mis 44 años tuve otra sorpresa cuando mi madre y mi hija “me asaltaron” en mi oficina con una caterva de picaderas y un bizcocho, del cual seguramente Milca Peguero aún se acuerda. Para los 45 años de nuevo me contaba en el número de los casados con la que ahora me aguanta y los 46 llegaron con mi segunda princesa en brazos.

Y así, con alegrías más, y tristezas menos, llegamos a hoy. 49 años desde aquella noche en el “modernísimo” Centro Médico UCE en que empecé a fuñir la paciencia. Me gustaría pensar que aún no he llegado a la mitad de mi vida, pero no sé si tenga tanta suerte (o mi descendencia tanta mala suerte) de verme fuñendo el parto con más de 98 calendarios encima.

Si quieres felicitarme

Te la pongo bien fácil: Regálame un post de tu autoría, o un enlace de algún contenido que pienses que me puede gustar (fotos, vídeos, canciones, artículos…). Si te faltan ideas sobre mis temas favoritos, piensa en ciencia, astronomía, historia, redes sociales, curiosidades, matemáticas, ciencia de datos y cosas así. Pero si lo que te sale es compartirme la canción de Wellinton El Campeón, igual lo voy a apreciar (dizque).

Fui a orinai

Cuenta la leyenda que un cibaeño viajó por primera vez a Nueva York sin saber una palabra de inglés. Como todos, él tenía un primo en la gran urbe, cibaeño también, al que llamaban “el Mocho” y que trabajaba como dependiente en una tienda de electrodomésticos. Hasta allá fue el cibaeño a visitarle.

—Ei pipo, primo, pero Nuebayoi sí e’ lindo. ¡Cuánta vaina grandoooota! ¿Cómo le vade, primo?

—Bien pai tiempo, primo, aquí echando ei forro. –le contestó el casi-gringo con todo el acento “dei sitio” mientras acotejaba una nevera– Primo, mire, yo sé que ujté no epika inglé, pero vea, tengo que di de un pronto ai baño que me toy orinando. Hágame ei favoi, primo, no se ponga a hablai con naiden, que yo vengo ahora.

—Vaye primo, yo lo aguanto aquí. –le respondió el recién llegado.

Y así se fue el hombre apurado a la trastienda mientras el cibaeño con todos sus cadillos miraba tantas cosas en los pasillos. En seguida, un gringo entró y mirando un televisor LED de 50 pulgadas le preguntó al hombre:

—How much?

Y el infeliz entendió que preguntaba por su primo el Mocho, por lo que le respondió con la sinceridad que caracteriza al inocente:

—Forinai.

—Forty-nine? –replicó el gringo, entre incrédulo y fascinado.

—Sí, forinai, forinai.

El gringo gustoso le dio 49 dólares, cargó con su televisor y antes de que el cibaeño entendiera nada, otro cliente le preguntó por una computadora portátil de último modelo.

—How much?

—Forinai. –dijo el hombre contento de que su primo fuera tan famoso. El nuevo cliente también le dio 49 dólares y se llevó la flamante laptop. En eso, un latino se le acerca y le pregunta:

—A todos tú le dices “forty-nine”. ¿Tú estás seguro de eso? ¿Dónde ‘tá el Mocho?

Y el cibaeño encogiéndose de brazos de responde:

—Bueno, vea, pai tiempo que tiene que se fue a orinai, pa mí que también fue a c*gai, ve?

Una foto para definir la felicidad

Cada padre y madre sobre este planeta, en el momento en que adquiere esa responsabilidad, también adquiere algunos privilegios. Una de las más exquisitas ventajas de ser padre, creo yo, es el derecho que me asiste a “echar vainas” con lo hermosas que son mis hijas, esa desenfadada actitud de gloriarme en ellas y poder auparlas con pleno derecho a sentirme orgulloso de ellas, de ambas.

Así, haciendo uso de las facultades que me confiere mi segunda paternidad, me abrogo el derecho de sentirme dichoso por ser el padre de Isabella y de verla feliz y plena celebrando su primer año de vida. Ha sido un año lleno de momentos memorables, de chulerías y de bendiciones (esta limonada es un paseo por el año completo). Una que otra preocupación también, un desorden aquí y allá, pero el balance de las alegrías sobrepasa por mucho el de las malas noches y los momentos en los que las fuerzas me faltaron.

El pasado sábado celebramos el primer cumpleaños de Isabella y aunque hay sopotocientas fotografías, quise eternizar una sola en este post (luego, con más tiempo, quizás añada una galería más completa). Creo que esta foto define todo, el cumpleaños, la alegría y la vida misma de Isabella.

Puras sonrisas en todas partes, todos pendientes de ella y ella… ¡pendiente de su hermoso bizcocho!

Una foto para definir la felicidad

Una foto para definir la felicidad

Si yo pudiera…

Si yo pudiera, les contaría cualquiera de las inolvidables, geniales, aleccionadoras historias que tengo en mi memoria sobre mi tía Fantina.

Si yo pudiera, les describiría con lujo de detalles cómo era su risa cuando se derramaba en carcajadas.

Si yo pudiera, les diría cómo ella entonaba ese “¡Mira, muchacho!” que me decía cuando la sorprendía haciéndole cosquillas por la espalda.

Si yo pudiera, trataría de que entendieran el cariño que sentía por Dios, la manera desinteresada en que ayudaba a cientos de personas.

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Tío Orlando López

Mis lectores habituales seguramente se sorprenderán de ver esta reseña, sobre todo por tratarse de una persona mayor. Sin embargo, eso no le quita ni medio ápice al mérito que tiene Orlando López de figurar acá. Máxime cuando él se ilusionó tanto en hacer que este cumpleaños fuera para él una gran celebración. De hecho, voy a hacer este “Feliz cumpleaños” más extenso que lo usual. Quiero reseñar el cumpleaños 75 de mi querido tío Orlando López, acaecido el pasado sábado 5 de julio. Ya en marzo me había invitado personalmente con muchísimo entusiasmo y desde entonces supe que ese día no podía hacer compromiso alguno. Mi tía Tatín dijo que fuera con Sarah y nosotros llevamos a nuestros herederos. ¡Qué tarde tan linda! La lluvia no dejó de amenazar, pero Dios la contuvo y nunca cayó fuertemente.

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