Uno de los tristes “beneficios” del COVID-19 es que nos ha mostrado con cruel fidelidad las hondas carencias que tenemos como país. El coronavirus ha desnudado nuestra “impreparación” como sociedad y el tonto consuelo de que “todos los países están igual” no es medicina.

Nuestro endeble sistema de salud por décadas ha bailado entre la falsa eficiencia de las clínicas privadas y el desamparo atroz de los hospitales públicos, sin olvidar la voracidad de las aseguradoras de salud, que tiene mucho más de negocio que de virtud.

El fantasma de la crisis económica no es menos tenebroso, con cientos de miles de trabajadores pendiendo de un hilo insuficiente e impuntual que el gobierno entrega a modo de dádiva para el sustento. Miles de empresas en la quiebra técnica o la real, pero quebradas igual. Los trabajadores informales, mayoría de la fuerza laboral, esos que se comen lo que trabajan cada día, se suman al concierto de lamentos que llevamos meses escuchando.

Un panorama tétrico y desalentador que ni siquiera contempla las vicisitudes normales que trae cada año.

Y entonces, llega el tema de la educación.

Las nuevas autoridades han presentado su plan para echar a andar la rueda educativa, más pesada y complicada que nunca. Se apuesta a la virtualidad como punta de lanza, en un país donde ni la energía eléctrica ni una conexión fiable a Internet son temas resueltos y donde una amplia cantidad de estudiantes no cuenta con equipos para acceder a las plataformas propuestas.

Para vadear esos escollos, el Ministro de Educación y el Presidente han anunciado sus soluciones: Dotar con una laptop o tableta a cada alumno del sistema educativo nacional (las escuelas públicas). Proveer acceso a Internet para cada dispositivo (hay que asumir que dicho acceso será capaz de cumplir las exigentes demandas de ancho de banda para videollamadas y audiovisuales educativos). Garantizar el suministro energético a los estudiantes. En el papel, el plan hasta resulta obvio.

Estas medidas irán ejecutándose siguiendo un apretado cronograma, que admite muy pocos errores.

  • ¿Habrá realmente forma de entregar a cada estudiante de un equipo capaz?
  • ¿Podremos confiar en que el cuerpo docente conseguirá ser autosuficiente en una tecnología y metodología nueva, en solo 45 días?
  • ¿Cómo manejarán las proveedoras de Internet el acceso de tales dispositivos?
  • ¿Estará a tiempo la inmensa infraestructura necesaria para que realmente se pueda hacer una videoconferencia en un campo remoto de Elías Piña?
  • ¿Están contando con Punta Catalina para que haya energía permanente en todo el país?
  • ¿Qué pasará si comunidades completas quedan aisladas del proyecto educativo?
  • ¿Estamos conscientes de que un error se traducirá en un aumento de la famosa brecha digital?

Son preguntas muy serias, que quizás ni el propio gobierno puede responder, pero que necesitamos resolver para creer en el plan.

Pero todo eso no es siquiera lo peor de todo. Las más cruentas y pesadas interrogantes son las que tienen que ver con el ajedrez logístico de los padres y madres que volveremos al embrollo que vivimos en el tronchado final del año escolar pasado.

  • ¿Cómo compaginar el trabajo (aquellos que aún tienen) con supervisar a los hijos?
  • ¿Cómo conseguir ser pedagógicos y útiles para los menores que tendremos en la casa?
  • ¿Qué pasará con la inmensa cantidad de hogares monoparentales que no pueden acogerse al bendito “work from home”?
  • ¿En serio se podrá entregar a domicilio el desayuno y almuerzo escolar?
  • ¿Por qué el Presidente solo hizo hincapié en “las madres”? Estoy al tanto de las estadísticas pero caramba, eso provoca más ruido que música en mis oídos.
  • ¿Qué de los estudiantes con necesidades especiales, que de por sí ya iban forzados sin la pandemia?

Y mirándome el ombligo me permito preguntar:

  • ¿Por qué, una vez más, da la impresión de que se convocó a todo el mundo menos a la clase media?
  • Los niños que van a colegios privados, ¿qué apoyo recibirán?
  • ¿Habrá, cuando menos, un paliativo para esas familias que desde hace años llevamos la carga impositiva de gobierno?
  • ¿Seguiremos pagando el colegio pero a la vez haciendo buena parte del trabajo de los maestros, sin compensación alguna?

Créanme, a mí no me gusta el pesimismo. Créanme de nuevo, anhelo que esto salga bien. Creo que el plan propuesto no es malo. De hecho, todas las alternativas que he visto también tienen su propio conjunto de gruesas interrogantes. Estoy claro de que es imposible vadear todos los obstáculos con un solo plan. Estoy convencido de que el Estado no podrá resolver la crisis educativa sin nuestra ayuda. Sé que me toca (y a ti también) poner mucho más que nunca para echar a andar la rueda. Quisiera tener las respuestas, pero solo tengo más preguntas. Preguntas de un examen para el que nadie ha estudiado.

Tengo mis hondas dudas sobre el éxito del plan al que tan optimistamente Roberto Fulcar aspira. Sigo pensando que hay demasiados cabos sueltos, un montón de agujeros ocultos que espero que el ministro esté previendo aunque no lo confiese, porque si se deja atrapar en ellos, nadie va a pasar este examen.

Quiero contagiarme del optimismo de Fulcar, y espero que tanto usted como yo nos fajemos a hacer que esto funcione. Fracasar sería estrepitoso.

♪ ♫ A la clase,
que ya es hora… ♫♪

5 Comments Preguntas que van p’al examen

  1. Freddy

    A mi la verdad el plan me parece utópico llevarlo a cabo 100%, pero pensando en las alternativas que tenemos, no se me ocurre nada mejor, la verdad. Y como no se me ocurre nada más adecuado hay que esperar que a ver que resulta de esto. La idea de llevar internet a la mayor cantidad de hogares es buena, hay que ver qué implementación harán, cómo lo harán, mejorarán las conexiones a nivel global, mejorarán los precios de las conexiones que son de los más caros de América???

    En lo personal creo que la experiencia nos conducirá a algo positivo, aunque estoy consciente de que la implementación per se no se podrá ejecutar al 100%!

    Reply
    1. dariomartinezb

      Yo tengo mi “teoría” de que hablaron de iniciar clases el 2 de noviembre pero si el entrenamiento y los equipos se retrasan, empujarán el inicio para enero.

      Pienso igual, que el plan no es malo, aunque me parece muy ambicioso en alcance y en “timeframe”. Pero como dije a alguien en Twitter: Hay un plan. Es mucho mejor tener un plan ambicioso que termine no funcionando, a no tener ningún plan.

      Reply
  2. Flor

    Además de lo logístico, me ocupa la brecha que se hace mayor entre estudiantes de escuelas privadas y públicas. Los privados ya iniciaron o iniciarán en los próximos días, los centros públicos iniciarán en noviembre en el mejor de los casos.

    Hay un grupo que estará (posiblemente, porque en esta improvisación no se sabe) mucho más adelantado que el otro y que además debe terminar al mismo tiempo; así que seguro nos querrán cobrar un par de meses más porque de lo contrario no tendrá para pagar la nómina.

    Por todo lo demás, como dice el anuncio, probando es que se sabe.

    Reply
    1. dariomartinezb

      Lo de la brecha digital es real. Miles de niños en escuelas que terminaron el año por default ahora tendrán que aprender virtualmente, mientras otros van mucho más avanzados. Pero lamentablemente no hay una alternativa razonable. No se puede detener el año escolar esperando que todos los estudiantes estén en el mismo nivel de destreza tecnológica. Los padres de esos menores van mucho más forzados que los que tenemos ese tema resuelto. Ciertamente, va a ser terrible ese “divide”, pero insisto… No hay alternativa.

      Reply
  3. Pingback: Un sombrío año escolar | 40 Limones

Deja un limón acá