2005

Creo que ya antes he estado aquí. Primer día de otro año nuevo, y tengo en mis manos una nueva baraja de cartas llenas de interrogantes. A mis espaldas han quedado las 366 cartas que vi pasar hasta ayer, y al examinarlas descubro, como siempre, que he tenido sonrisas y lágrimas, aunque felizmente más de lo primero.

Despliego mis nuevas barajas sobre el nacáreo lienzo que hoy empiezo a recorrer. Cual Nostradamus a veces quisiera ver lo que cada una guarda para mí, empezado por saber si llegaré a ver la última del grupo. Sonreiré, no lo dudo. Lloraré, también. Triunfaré y fracasaré, como todos, una vez, otra vez, vez tras vez, corriendo, a veces gateando, alentando a otros en tramos, y en ocasiones apoyándome en los hombros de los demás.

Balanza de circunstancias que al final, como hoy, habré de juzgar con más benevolencia que buena memoria, dándole gracias a Dios por haberme preservado la vida todavía un año más. Me contenta mirar un año atrás y congratularme de que logré alcanzar metas planteadas, metas sencillas pero vitales para mí. Me lancé, como el niño que alguna vez fui, sobre la playa a recoger caracoles y echarlos en mi alforja para jugar con sus colores. Y hoy veo que fue buena mi aventura.

366 cartas pasaron. 365 cartas nuevas están en mi mano. Jugarlas sabiamente es mi entera responsabilidad. A Dios sólo le pido la salud y la fortaleza para levantarme cada uno de los días de mi vida para enfrentarlo y extraer de mi vida las mejores diademas para crecer y bendecir este nuevo año.

Nuevas metas tengo, comparticionadas en cinco ramas principales. La espiritual, la física, la social, la intelectual y la financiera. En cada aspecto he trazado un norte a seguir, hacia los cuales procuraré encarrilar mis 365 jugadas. El éxito en relativo porque nunca logramos controlar todas las variables que en él intervienen. Sin embargo, es justo esperarlo si tenemos un plan sensato y hacemos nuestra parte del trato para que funcione. De Dios, que es bueno en supremacía, dependerá que germine la semilla plantada, regada y abonada de nuestros esfuerzos.

¡Esforcémonos, pues, y salgamos a hacer las mejores jugadas!

Te espero paciente

Te espero paciente,
Sin prisas y con ansias
Sin haberte visto ya te conozco
Sin haberte tocado, te he sentido
Sin adivinarte, te sé.

Te espero paciente,
Sin dudas ni falacias
Sin saber aún quién eres
Ni cómo eres, pero conociéndote
Palmo a palmo, te sé.

Te espero paciente,
Sediento de la sustancia
Que vital, renueve mi alma
Y beber de tu esencia la vida
Y brindarte mi vida a la vez

Te espero paciente,
Y te sueño en la distancia
Con retazos de mis diosas
Con pedazos de mis musas
Como ejercicio de mi fe.

Te espero paciente,
No te apresures, pero sábelo
Antes de besarte, te he besado
Antes de acariciarte, te hice mía
Antes de conocerte, ya te extraño
Antes de que llegues, ya estás en mí

Te espero paciente,
Y cuando llegues, se encenderá mi vida
y cantará mi alma en eterna primavera
Porque sé que eres y serás
Mi mejor espera, mi bendita espera

Te espero paciente,
Llega cuando quieras.

Nelson

Tembloroso,
con los nervios hechos un manojo
mientras los vagones de la vida
frente a él pasaban
mientras diez mil otras desdichas
lo ignoraban
mientras la angustia, o más que angustia, la agonía
lo arropaba.

Sobre sí mismo se envolvía
como un ovillo de golpes y cicatrices
con su mirada triste de hambre sin cariño,
de sueños solitarios en la lejanía.

Con un futuro del tamaño
de la precaria saciedad de un pedazo de pan
con la esperanza como paño
que cubre una fe desnuda de colchones
que calienta con temores y algunas ilusiones
la caja de cartón que le sirve de habitación
de cama
de cocina
de hogar.

Así, encogido,
para que el hambre duela menos
Así, olvidado,
ignorado por diez mil pisadas
Así, masacrado,
vapuleado por la falta de caridad

Contando sólo con doce años
y quizás con menos de cien baños
a fuerza de jarrito y agua de mar,
al amparo de la luna y la sal,
Nelson decidió un día
con el estómago abrazado de la espalda,
que robaría
para dar de comer a su alma.

Y mientras caminaba,
si es que el término no se ofende,
por la calle de la miseria
en la esquina del desamparo
fue alcanzado por un disparo,
mitad real, mitad quimera
que mató la mitad ambivalente
de lo que en su cuerpo restaba.

Y así, dice la historia,
se resolvió el triple dilema
de combatir la delincuencia
de acabar con la pobreza
de repartir la riqueza
entre los otros diez mil.

Sexo

Envuelto en su lujuria existencial, se acercaba a ella, que lo esperaba siempre tan serena y callada. Con su porte de Dios omnipresente la rodeaba; sus ojos, azules como el infinito profundo, alcanzaban a ver hasta la esquina más redonda de su cuerpo, y aunque conocía desde años proverbiales hasta sus más secretas grutas, no se cansaba de acariciarla, de recorrerla sudoroso y febril, como si fuera apenas la primera vez.

Con pausado ritmo pero firme constancia, iba y venía, y con él se venían sus ansias, que derramaba sobre el acogedor cuerpo que recibía tanto despliegue de atención en silencio reverente. Ella, acostumbrada a las pasiones seminales de su amante, su único y fiel amante, no oponía resistencia, y aceptaba con gusto las saladas gotas del sudor esforzado que brotaban de su viril acometida.

De vez en cuando ella gemía con una larga exhalación, cuando él la penetraba y sacaba de sus entrañas las más sonoras emociones. Disfrutaba ella a plenitud la meseta de su orgasmo, que para su dicha y particularidad, no era breve y fugaz sino que podía prolongar durante largo tiempo.

Él, de otra parte, sabía manejar su fuerza para retenerse y recomenzar, alargando la pasión del momento hasta que dejaba de ser momento para convertirse en eternidad, sudorosa eternidad en la que ambos no escatimaban regocijarse, en la que fundidos en unísono cuadro eran la mejor estampa del placer incesante.

Así seguían en imperturbable placer; meciéndose con breves retrocesos e intensas penetraciones, ejecutadas con sincronía magistral digna de la batuta de Poseidón. Así el mar vertía su semen nacáreo sobre el vientre de la roca, una y otra vez, en espuma que se desvanecía y se hacía sal y canto del mejor sexo de la naturaleza.

Cómplice de la noche

Cómplice de la noche, una musa perdida irrumpió en mi vida sin saber yo de dónde venía o a dónde habría de irse. A mi lado se ubicó, y me observaba mientras devoraba líneas y más líneas de un código extraño que no entiende ella y tampoco yo.

A través del reflejo de la pantalla admiré su delicada belleza, aérea y volátil, frágil como alas de mariposa, luminosa como tenues candilejas de una fiesta de quince años. No me atrevía a mirarla directamente, temeroso de que mi ambiciosa pretensión la esfumara para siempre. Discreto, continué simulando que sé cómo hacer que un SELECT * FROM articles me presente la información correcta en el website que intento terminar hace más de 43 gygabytes.

Mi musa estaba quieta. A veces la sentía suspirar profundamente aburrida, pero nuevamente me convencía que había sido yo mismo. Bajo un velo deliberadamente mal colocado pude ver su piel que dorada me contaba del calor del sol en el Olimpo, y su pelo negro como la tierra de Moca se me antojó divinamente suave y adorable. Ambos guardamos un respetuoso silencio, salpicado sólo por teclazos y clics de un ratón sin ansias de queso ni jamón.

Mi musa sólo tenía ese velo como vestimenta, y mientras mis pupilas miraban tangencialmente las curvas de su majestuosidad, mi alma se aferraba al tonto sueño, a la fantasía imposible, a la loca y fútil idea de abrazarla y hacerla mía.

Ya me acostumbraba yo a su presencia sutilmente imponente cuando desapareció. Con un vacío del alma la busqué con mis ojos tan abiertos como nerviosos, y ya no pude verla. La extrañé con mis ganas y mis deseos; la lloré con mis besos aventureros; la recordaré como la musa que cómplice de una noche sin título me acompañó mientras escribía esto para ti.

Mi amiga

La de la profunda mirada, a veces perdida en un punto focal imaginario, más veces atenta al contoneo del humo que baila en la punta de su cigarrillo.

La de la negra cabellera, que se derrama abundante y pródiga en cascada sobre sus hombros y mis ansias, con igual intensidad que despreocupación.

La de la sonrisa, la que aún con un lenguaje tan rico en adjetivos posee la sonrisa indescriptible, la dueña de la más dulce conjugación de labios.

La que aunque parezca redundancia, es ardientemente cálida, y aunque parezca paradoja es sólo cálida si se la sabe encender.

La que no depende, sino que se cuelga; la que no espera sino que aguarda; la que no mira, sino que admira; la que no habla, sino que canta en prosa, y en versos rotos o mal pegados con esmalte de uñas, como medias de nylon que se entretejen cada día a mi alrededor.

La que me ata, y también me desata. La que me levanta con una caricia y me destruye con una palabra.

La erótica.

La amante de otro hombre, la madre de otros hijos, la que aunque he deseado con paciencia, ya me niego con cautela y de la que me aparto satisfecho. Aunque no lo quiera.

La que a veces se hace la tonta y pretende necesitar de mis piropos para saberse hermosa, la que sin obligación de ello, se congratula cuando la llamo princesa, como si no lo supiera. Como si no lo viera. Como si no lo fuera.

Ella es mi amiga

Hoy

Te confieso que tengo miedo. No pude prepararme correctamente para hacer frente a los temores que me asaltan. Me habían contado que al verte por primera vez, me sentiría lleno de incertidumbres, y yo procuré estar listo… Pero ahora te veo ante mí y me convenzo de que nada podría haberme anticipado esta sensación. Hoy me doy cuenta de que tu individualidad comienza con mi incapacidad de prever la diversidad de emociones que me provocas.

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El Embajador del Mar

En algún momento de mi vida, ocurrió un episodio mágico, del cual no podría describir mis emociones, pero que me cautivó para siempre. Mientras miraba la televisión, apareció una escena marítima que jamás había imaginado. Había un buzo sin protección rodeado de varios tiburones blancos de gran tamaño. Asombrado, me detuve a contemplar la escena, y debo confesar que jamás la he dejado de observar. Jacques Yves Cousteau había ganado un tele-buzo más.

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Los Bulletin Board Systems dominicanos

es bueno que se sepa que la Internet no fue el primer hogar cibernético de muchos de nosotros. En nuestro país, desde hace cerca de diez años, un grupo de personas conoce de cerca una forma de comunicación vía módem tan rica y versátil como la mensajería de correo electrónico que conocemos en Internet, con capacidades de transferencia de archivos semejantes a las de cualquier servidor de FTP, y con canales de conversación en tiempo real que nada le envidian al IRC. Estoy hablando de los Bulletin Board Systems (BBS).

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