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Curioseando como corresponde a cualquier niño de ocho años, una mañana de verano entré a la habitación que mi madre había designado como su oficina. Había estado allí muchas veces, pero siempre acompañado por ella. “No toques nada” amenazaba y yo obedecía. “No hay nada para jugar en este cuarto” recalcaba, pero mentía.

La habitación olía a medicinas y estaba llena de misterios. Un teléfono de disco, muchas libretas de apuntes, archivos más altos que yo, montones de carpetas con etiquetas que sonaban a “cosas de gente grande”, varios años de directorios telefónicos, un pequeño globo terráqueo, un abrecartas de exquisita empuñadura… Y en una esquina, descansando sobre el escritorio y siempre encerrada en su maletín, solía estar la máquina de escribir.

Aquella mañana de subterfugios infantiles, estaba descubierta, y con una hoja de papel a medio talle. Era una Olympia, totalmente mecánica, con teclas nacaradas y la clásica “manigueta” para retornar el carro.

Muy similar a esta, incluyendo el color.

Acerqué la pesada silla y tomé asiento allí. Las teclas quedaban muy altas para mi tamaño, así que usé los años 1975 y 1976 de las guías de CODETEL para tener mejor vista. La hoja tenía el membrete de DAMARCO, el negocio de mi papá. De la carta a medio redactar no recuerdo nada, pero al resbalar de mi improvisado asiento golpeé varias teclas que convergieron presurosas en el centro, atascándose como pasajeros saliendo del Metro.

Así es. Lo primero que escribí con un teclado fue un typo.

Con cuidado conseguí destrabar los martillos aprisionados y me evité un problema mayor, pero a partir de entonces siempre buscaba regresar a la Olympia y (ya con la bendición de mi madre) me sentaba frente a ese mágico aparato, escribiendo cualquier cosa que se me ocurriera… Tardaba 10 minutos en completar una línea porque desconocía totalmente la distribución de las teclas y me la pasaba flotando mi índice buscando la letra apropiada, alegrándome cuando la encontraba y presionándola con la lengua aprisionada entre los labios. Y de esa manera me convertí en un punchateclas.

Escribiendo como los pollitos

Hoy día quedan pocos mecanógrafos. Todo el mundo aprendió a “teclear” sin usar el Método Gregg y como explica Rocío Díaz en esta entrada de Viatec, pueden culpar a la tecnología por esa “deficiencia”. Pero yo sí debí ser mecanógrafo, pues soñaba ser periodista. Sin embargo, mi temprana exposición a la Olympia y mi aprendizaje autodidacta con el “método del pollito” me tostó el cerebro y por más que quise luego aprender a mecanografiar, nunca lo conseguí. Todo lo que he escrito desde 1977 hasta hoy ha sido utilizando solo tres dedos: mis dos índices y el mayor de la mano derecha.

¿Pero qué era lo que yo escribía? Al principio, puros disparates, letras inconexas, ideas sueltas… Pero en los siguientes años sucedieron tres cosas que me pusieron a escribir con intención. Ingresé en 1979 al Colegio San Judas Tadeo, nació Teleantillas y mi madre consiguió una IBM Selectric II.

San Judas Tadeo

Debido a un feo accidente que sufrí en 1979, mis padres me sacaron del Colegio Arroyo Hondo y me apuntaron al San Judas Tadeo. Ese cambio probó ser determinante en mi vida, pues pasé de ser un nerdo sin amigos a ser un nerdo con dos o tres amigos. Con casi todos ellos aún mantengo contacto, pero hubo uno que fue la real bujía de mi afán de escribir: Raúl Francisco Tejeda Calderón.

Raúl era flaco, desteñido, peludo y se reía de una manera acrobática: Se doblaba sobre sí mismo casi perdiendo el equilibrio y se enderezaba con los ojos apretados y sin aire, buscando un asiento mientras resoplaba la risa de adentro pa’fuera y luego de afuera pa’dentro en espasmos que me divertían. El pana terminaba con la cara enrojecida y se parecía más a Hellboy que al flaco peludo desteñido que se sentaba atrás con los demás tigueres del curso.

La promoción Baboom ’86 del CSJT (ni Raúl ni yo fuimos ese día, mardi tasea)

Teleantillas

Durante los años ’70, los principales canales de televisión eran RTVD, Rahintel y Color Visión. La programación de todos ellos era muy enfocada en la producción local, destacando por supuesto El Show del Mediodía y El Gordo de la Semana. Cuando Teleantillas inició sus operaciones a finales de 1979, su programación sacudió totalmente la parrilla televisiva. Teleantillas tenía un altísimo porcentaje de “programas enlatados” que cautivaron a todo el país. Además, metieron un montón de plata en crear espacios de producción local realmente modernos e innovadores, dentro de los que Fiesta destaca bárbaramente.

Este vídeo resume mucho de lo que Teleantillas logró en sus inicios

A Teleantillas le estoy eternamente agradecido por haberme expuesto a la música de Chuck Mangione pues cuando la programación entraba en pausa, colocaban un larguísimo bumper con “Give It All You Got” y especialmente con “Children Of Sanchez”. Creo que es imposible dimensionar la importancia de esta simple idea.

Ahora bien, para los fines de esta limonada, lo que realmente importa es que Teleantillas me cautivó con sus series televisivas: I Love Lucy, Cosmos 1999, Happy Days, Los Héroes de Hogan, El Show de los Muppets, El Increíble Hulk, Mi Bella Genio, La Familia Munster, La Tribu Brady y muchas otras. Mi mente de muchacho fue creando un universo donde los personajes de esas series caminaban sin fronteras y me imaginaba a Jenny ayudando a The Fonz o a Hulk defendiendo a Hogan (así surgió Hulk Hogan, ¿no?).

La IBM Selectric II

Para esa época también, mi madre había cambiado la vieja máquina Olympia por una IBM Selectric II que era mucho más cómoda y tenía la capacidad de usar distintas tipografías con solo cambiar “la pelotica de las letras”. El mecanismo era genial y sustituía las decenas de martillos de las máquinas convencionales, con lo que el incornio de desenredar los atascos de letras fue por fin “cosa del pasado”.

Una así tuvo mi vieja, y por ende, también yo

Mis primeras limonadas

Los he traído hasta aquí para contarles que, usando la IBM Selectric II como herramienta, me puse a crear una “novela” mezclando elementos de todas las series que veía en Teleantillas con el solo objetivo de ver a Raúl doblado de la risa al día siguiente en el recreo del San Judas Tadeo. La fórmula parece que funcionaba bien, pues a medida que Raúl leía, la risa lo embargaba y yo me sentía un dios.

Cada tarde, en lugar de hacer la tarea (fui un pésimo estudiante), me ponía a ver las series de Teleantillas y me imaginaba situaciones que podría utilizar en mi “opera prima”, a la cual nunca se me ocurrió buscarle nombre. Mi historia se ambientaba en Hiroshima, los protagonistas eran soldados aliados renegados y expulsados en Japón que intentaban llegar a la ciudad antes de que lanzaran la bomba atómica para salvar a la gente. Tenían dos aviones a los que llamaban Codornices (porque las Águilas eran de Cosmos 1999).

Uno de los soldados era inmensamente fuerte como The Hulk, mientras que una de las chicas era hermosa como Jenny y tenía poderes mágicos. Un soldado era capaz de ver el futuro como Maya, otro era ingenuo como Herman Munster y uno más era un lince como Ricky Ricardo. No tengo idea de cómo conseguía hacer que ese sancocho de caracteres funcionara, pero cada mañana Raúl Tejeda dejaba su turco de guayaba para leer el capítulo del día. Y yo me alejaba para verlo doblarse de risa, cambiar de color y pedirme otra página el día siguiente.

De alguna manera, con Raúl como mi único lector, aprendí a valorar tener un “público objetivo”, a escribir con una intención. Él me daba lo que muchas veces ustedes me brindan cuando toman el tiempo de leer mis limonadas y se les ocurre lanzarme un piropo. Con Raúl experimenté por primera vez un sentido de utilidad, un respaldo para continuar. Siempre he dicho que solo debo escribir para mí, pero eso es una falacia desde que publico estas cosas en un blog abierto. La realidad es que también escribo para divertirlos a ustedes, para ver si provoco alguna sonrisa, una reflexión, un cambio así sea pequeño.

Quienes escribimos por placer o como hobbie debemos tener agradecimiento por tener algunos lectores (yo les llamo “limoneros”). En una época tan rápida e inmediatista como esta, es un real lujo que una persona separe siete minutos para leer algo por puro gusto. Por eso, ahora rompo la cuarta pared y les agradezco inmensamente el honor de que vengan a leer mis Limonadas.

¿Y el desenlace?

¿Qué fue de mi “novela”? Algunas páginas aún sobreviven en el fondo de una caja en la casa de mi madre. Me atrevería a buscarlas, y quizás sería capaz de compartirlas, pero soy muy creyente de aquella frase sabinera que dice que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. La prefiero nebulosa en mis recuerdos, efectiva en su misión de provocar la risa batiente del amigo que ya no tengo.

Porque, ¿qué fue de Raúl? Al salir del San Judas nunca más lo volví a ver y con los años perdí su rastro. Ni las redes sociales, que tantos reencuentros han prohijado, ni el poder de Google que todo lo desentierra, ni siquiera las viejas guías telefónicas que ya nadie usa. Acercamientos telefónicos tuve, intentos de coincidir siempre hubo, pero nunca sucedió. De alguna manera, extraño a ese amigo de la juventud, aquel flaco que intentó hacerme fan de Iron Maiden y Quiet Riot, y que tenía sus cuadernos llenos de logos de AC/DC y KISS, y que todavía escucho reír p’adentro y p’afuera en las escalinatas de la cancha del San Judas Tadeo.

Raúl Tejeda siempre será el primer limonero de mis 40 Limones. Y desearía que él lo llegara a saber.

26 thoughts on “El primer Limonero”

  1. Qué bonita, agradable y divertida limonada. Ojalá que alguien que lea esto conozca a Raúl y le haga llegar esto. Seguro le encantará.

    1. Ojalá que sí. Me bastaría que Raúl leyera esto y sonriera. Con que él sepa que lo recuerdo y que lo he extrañado, creo que estaría pago.

  2. This lemonade was yummy! Leyéndola me transportaste, me encantó la parte de que quisieras que tu amigo sepa que el fue tu primer limonero.También me identifiqué con la máquina de escribir, aprendí a usarla a los 14 años, y de hecho cobraba a los chicos del barrio por transcribir los trabajos que les asignaban en la escuela.

    1. Jejejeje, el espíritu emprendedor siempre aflorando! 😀 Ojalá que Raúl llegue a leer esto, sí. Me ilusiona la idea de que él sepa que lo recuerdo así.

    1. Ojalá que sí. Ojalá que Raúl pueda leer esto, sonreír y quizás desear hacer un corito. Yo no pido tanto, pero me encantaría eso.

      1. Qué hermoso recuerdo. De niña tomaba clases de música en un edificio viejo y de madera, que en el primer nivel daban clases de mecanografía. Era una delicia auditiva, esa mezcla de instrumentos musicales y los teclazos que daban las mujeres del curso.

        Ojalá Raúl pueda leer esto y provoque una “avalancha” de limonadas.

        1. Jejejeje, supongo que conoces “The Typewriter Song”, no? Es una pasada que se parece mucho a tu experiencia…

  3. Jared Ortiz Gonzalez

    Recordar los buenos recuerdos es siempre satisfactorio. Nunca olvido como mi Papá me inscribió en el Instituto José Reyes para hacer un curso de Mecanografía y Archivo.

    La mecanografía y estar enamorándome por Messenger me ha ayudado a escribir con los cinco dedos de cada mano hasta el día de hoy.

    La parte del archivo nunca la utilicé

    1. Yo nunca pude reprogramar los alambres de mi cerebro. Le tengo un poco de envidia a quienes pueden mecanografiar.

  4. Ve al colegio y busca la dirección donde el vivía. Quizás algún familiar sigue en esa casa o gente alrededor lo recuerde y sepa algo de Raul.

    1. Hace tiempo él se mudó de por donde vivía. Confío en que alguien le envíe esta limonada, yo con eso me conformo.

  5. Qué lindos esos recuerdos, Darío! Yo tenía una máquina de escribir pequeña, en la que hacia las prácticas del Víctor Estrella Liz y donde aprendía el ASDF JKLÑ. Jijiji, Ojalá y alguien le haga llegar a Raúl esta limonada. Un abrazo.

    1. Yo pasé trabajo con el canuto asdf jklñ… diache, nunca dominé esa pendejuana, jajajaja

  6. ¡Intersante historia!

    ¿Y de verdad tú escribes solo con tres dedos?, nunca lo noté.

    Quizá Raúl fue un amigo imaginario y solo existió en tu imaginación 😀

  7. Dario, caramba como siempre una joya. Yo cuando iba a Fantino de vacaciones me colaba en la oficina de los negocios de la familia, donde el contable me daba hojas en blanco para que dibujara montros y guerra; y que debes en cuando metia en la olympia y escribia tonterias, cosas que uno hacia año tras años y que quizas en el momento no sabia el impacto que tenia.

    Y el desenlace, que golpe de emoción Dario, me hizo recordar grandes amigos de diferentes etapas en especial a Fausto, del colegio que despues que terminanos fue como si desapareciera de la faz de la tierra, sin rastro y sin intención, gracias manga larga.

    1. Algo curioso que he descubierto con esta limonada es que muchas personas tienen un Raúl en sus vidas. Y no solo nosotros los que tenemos más edad, sino hasta en “nativos digitales”. Mi hija mayor en su curso tenía un amigo que era altísimo (casi de mi tamaño!) y yo siempre hice liga con él por la altura y vaina. Ma dice Vielka que ese muchacho se desapareció, que se regresó al campo de donde son sus padres y que nunca más lo han vuelto a ver, que no tiene redes sociales ni na.

      Ojalá que Fausto un día aparezca y se reanude el lazo. Lo mismo que el amigo de mi hija y el viejo Raúl. Eso valdría la pena.

  8. Guillermo Jose Lorenzo Fondeur

    Estoy en esa foto y me acuerdo perfectamente de Raúl, ojalá y des con el, saludos

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