Skip to content

Hace hoy cuatro años que mi papá atravesó el umbral sin retorno. Las fechas funerarias suelen venir acompañadas de una daga que punza y duele, pero a medida que pasa el tiempo, terminamos entendiendo que el dolor es oportunidad para el recuerdo. Hoy me permitiré viajar a algunas anécdotas de mi papá a lo largo de varias décadas y que me sirven como ocasión de sonreír y agradecer.

A mediados del pasado siglo, Donda (así le llamábamos) se graduó de Doctor en Farmacia en la Universidad de Santo Domingo (entonces no era “Autónoma”). Al recibirse regresó a Santiago y fundó la Farmacia Victoria y se puso pa lo suyo. Entonces las farmacias eran muy distintas a lo que son hoy día. En lugar de montones de anaqueles llenos de medicamentos ya fabricados y preparados, las farmacias de mediados de siglo parecían más laboratorios. El farmacéutico era una especie de alquimista que dependiendo de la dolencia que tuviera el paciente, podía mezclar tales y cuales remedios de una forma específica para conformar una medicina personalizada.

Tras algunas vueltas al calendario con éxito relativo Donda entendió que era mejor trasladarse a la capital, y ya con más experiencia gerencial, fue capaz de fundar en 1964 una empresa farmacéutica, la que llamó “Damarco” (era la época en la que todo tenía que llamarse como su creador, “Darío Martínez y Compañía” era su empresa, Darío Martínez Batlle, su primer varón). Con Damarco, mi viejo se dedicó a la representación de fármacos y utensilios médicos como Janssen Pharma, Laboratorios Bruschettini, las jeringuillas Monojet y una fábrica de botellas de vidrio belga llamada Verlica-momignies. En una República Dominicana que apenas despertaba a la democracia, Damarco prosperó bastante.

A pesar de que la alimentación era muchísimo más saludable que ahora, la deficiencia de ciertas vitaminas y el hierro eran un problema médico, y mi alquimista procuró suplir esa necesidad. Se puso a inventar y así creó un suplemento vitamínico en jarabe al que quizás debió llamar Da’Malt, que era casi su nombre. Pero no, lo llamó “Tónico Fersón”.

Era una solución de caramelo, cuyos principales ingredientes eran hierro y varios grupos vitamínicos. Tenía un sabor muy característico, que podría describir con bastante detalle porque yo fue beta tester. Básicamente, sabía a chinchetas… o al menos así lo recuerdo.

Las Terrenas

La década de los ’70 fue también una época de estabilidad financiera para Damarco. Los productos representados y el Tónico Fersón se vendían bastante bien, otorgando a mi papá una bonanza económica razonable para alguien que no heredó fortunas. En 1974, mi viejo recibió una llamada de Doménico Russo, un colega farmacéutico de Bonao, al que mi papá le suplía las botellas de vidrio de Verlica.

—Darío, necesito que me consigas 600 pesos rápidamente. –dijo la voz al otro lado del “cuernófono”.

—Doménico, eso es un dinero fuerte. ¿Te pasó algo?

—Solo consígueme ese dinero, no te preocupes, yo después te explico.

Y fiel a sus amigos como siempre, mi viejo hizo un cheque a nombre del Doctor Russo y se olvidó del tema. Al cabo de unas semanas, el italiano visitó a mi papá con unos documentos para que los firmara. Eran títulos de propiedad. Doménico había comprado cuatro tareas de tierra (alrededor de 2500 metros cuadrados) en un monte casi inaccesible llamado “Las Terrenas”. Confundido, mi viejo necesitó que Russo le explicara la operación más de una vez, pero al final consumó la transacción y así mi viejo se convirtió en uno de los primeros “colonizadores” de Las Terrenas.

Donda fue con Doménico y otros amigos a conocer la nueva finca. El viaje tardó como una semana, porque para esos años la carretera Sánchez-Terrenas no existía. Había que llegar a Samaná y devolverse por un montón de riscos totalmente salvajes. De nuevo, estamos hablando de 1974. No existían las yipetas, y mi papá lo que tenía era un hermoso Chevrolet Montecarlo rojo que no entiendo cómo pudo cruzar por la cordillera.

En uno así rodaba mi taita, todo un espectáculo.

Al regresar a Santo Domingo, Donda estaba emocionado. Puso manos a la obra, contrató albañiles y puso a cargo al “Maestro Mercedes”, el maestro constructor más épico del país. La construcción de la casa tardó varios años (imagínense que los bloques había que buscarlos en Nagua, y transportarlos por el mismo trecho inhóspito). Cuando contaba yo solo ocho años, en 1976 visité por primera vez la playa de Las Terrenas. Suena bonito ahora, pero para mis padres aquello fue una pesadilla. No habíamos llegado a Pedro Brand cuando mi hermano (de cuatro años) y yo, empezamos a preguntar cada cinco minutos “¿Como cuántos kilómetros faltan?”

De Las Terrenas tengo una caterva de recuerdos, anécdotas e historias que quizás luego me anime a compartir. En la época que la conocí, Las Terrenas solo tenía el cementerio y unas 20 casas, las que hoy se conocen como “el Pueblito de los Pescadores”. La tienda más cercana era el almacén de los Paiewonsky en Portillo. No había energía eléctrica ni agua potable y la gasolina se vendía en bidones. Pero habían caracoles, ¡rayos! sí que habían millones de caracoles, almejas, caparazones de lambí, hermosas flores de coral y todos los cangrejos del mundo.

Y aquí es donde convergen la playa, el alquimista, la amistad y las buenas intenciones. Cuando empezamos a visitar Las Terrenas, todo lo que veíamos eran personas sumidas en desnutrición. Gente inmensamente buena, pero inmensamente pobre que se desvivía por acomodarnos. Julio Casimba, Aquilino, Fin y otros “nativos” del lugar venían cada mañana a la casa (aún sin ventanas) y nos traían docenas de pescados, langostas, pulpos, lambíes y centollos.

Además de pagarles los productos que nos vendían, Donda empezó a regalarles el famoso Tónico Fersón, así como medicamentos antiparasitarios de sus marcas representadas, vitaminas y cualquier cosa que pudiera obsequiarle a la gente. No pasó mucho tiempo para que mi papá se convirtiera en una celebridad en el pequeño pueblo y todos buscaban una excusa para pasar por donde el Doctor Vitamina.

De muchacho, hice amistad con muchos niños de Las Terrenas, pero cuando los años pasaron, perdí el rastro de todos ellos. Un día, caminando con mis amigos BBSianos en Playa Caribe, un muchacho se quedó mirándome y me dijo “¿Tú ere’ el hijo de Vitamina?”. Yo, como siempre, no entendí. “Sí, loco, tú ere’ el hijo de Vitamina!” y yo aún perdido. “¿No te acuerdas de mí? Soy Geepcy, el hijo de Nanela!” me dijo y entonces por fin prendió mi cerebro. ¡Claro! Doña Nanela tenía un rústico puesto de carnes que con el tiempo convirtió en colmado. Íbamos allá en cada viaje al menos tres veces.

El impacto que Donda hizo en la población original de Las Terrenas quizás no pueda ser medido. Sin embargo, la gratitud de la gente fue siempre abundante y notoria. Cuando llegábamos y cruzábamos el arroyo Travesao, la voz ya se había corrido “¡Llegó Vitamina! ¡Llegó Vitamina!”. Aunque el pueblo hace tiempo que no es aquel pobre caserío que conocí, creo que aún quedan algunas personas que recuerdan la leyenda del Doctor Vitamina.

Te recuerdo, Papi. Hoy, y todos los días.

PS: No vayan a pensar ustedes que tengo una memoria prodigiosa… muchos de los datos que he contado aquí vienen de Doña Mildred, mi amada madre, quien sí tiene una memoria prodigiosa. ¡Gracias, Mamimba!

2 thoughts on “El Doctor Vitamina”

  1. He amado este relato, casi que he podido sentir el olor a mar y oír las olas. Que hermosos recuerdos!

Leave a Reply to @dariomartinezb Cancel reply

%d bloggers like this: