De política mi hija Vielka no sabe mucho. Quizás realmente no sepa nada, pero como lee los periódicos, sé que algo retiene de todas las barbaridades que cada día los periodistas se afanan en añadir al caudal de depresiones de los dominicanos. No me atrevo a preguntarle, temeroso de que ella me zambulla en una de sus clásicas sesiones de interrogantes, de las que seguramente no tendré respuesta adecuada. Pero esa conversación llegará, como ya han llegado otras.
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