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Un inicio, un final

Imagen vista en el muro de Miguel Acevedo

Imagen vista en el muro de Miguel Acevedo

Para el planeta y toda la vida que habita en él, ayer fue otro día tan igual como mañana o como cualquier fecha al azar. Sin embargo, como “especie inteligente” que pretendemos ser, los humanos forzamos el mingo para hacer que el 1 de enero sea un día especial.

Por supuesto, cada uno lo hace especial como le interese; la mayoría lo toma como ocasión de celebrar, de juntarse en familia, de hacer propósitos (muchos de los cuales no llegan a fin de mes, pero ni modo). Otros le dan un significado místico y por supuesto habrá aquellos a quienes no les importará un bledo.

Para mí, lo especial de este 1 de enero vino en dos momentos. El primero, al amanecer, cuando pude ver el primer sol en compañía de mi menudo de vida, Sebastián el hijo de Sarah y mis dos hijas, Vielka e Isabella. El segundo, al mediodía, cuando me tocó acompañar a mi familia y un grupo de amigos a despedir al tronco de hombre que fue mi primo Frank Sánchez Batlle.

El inicio

Desde el 2011 he intentado ver el primer sol del año con Vielka cada vez que he podido y el de hoy tuvo la chulería de poder incluir a Isabella por primera vez. Desde la mañana del 31 le estuve hablando a la pequeña del nuevo amanecer, y aunque sus 4 años probablemente no le permitían entender todo lo que le explicaba, el entusiasmo de verlo era todo lo que necesitaba.

A las 6 de la mañana desperté a los dos mayores y le puse ropa y un abrigo a Isabella que simplemente abrió los ojos y ni cuenta se dio del resto de la operación. Ya cuando llegábamos por los frentes de D’Luis Parrillada ella abrió los ojos, entre confundida y emocionada. Desmontamos y me asombró ver poca gente en los alrededores. “Se están perdiendo las tradiciones”, pensé. Preparé mi equipo mientras Sebastián, Vielka e Isabella jugaban al whatever en el área, y en poco tiempo empecé a fotografíar los minutos previos del amanecer, que empezaría a las 7:12 de la mañana, con la precisión a la que el cosmos nos ha acostumbrado.

Amanecer 2018

Amanecer 2018

Cuando finalmente el sol emergió detrás de unas pocas nubes, mis muchachos quedaron encantados, y sé que para Isabella fue particularmente impresionante. Una simpleza, ver nacer el sol un día, y a la vez, un bonding moment que ellos recordarán. Es una experiencia que recomiendo a todo padre y madre.

Ellos ven el sol, yo los veo a ellos

Ellos ven el sol, yo los veo a ellos

Complicidad de hermanas

Complicidad de hermanas

Su dicha es mi dicha

Su dicha es mi dicha

Sus risas, mi derrienge

Sus risas, mi derrienge

El “final”

Empezar un año en algún cementerio no me resulta una experiencia nueva. Ya he tenido que pasar por la pena de sepultar amigos y familiares en los primeros días de un nuevo ciclo y sé que la carga es más pesada precisamente por la mueca que resulta estar tristes cuando todos alrededor celebran. No deja de ser a la vez un recordatorio de que nunca las cosas son iguales para nadie.

Ve en paz, Campeón

Ve en paz, Campeón

La vida de mi primo Cuqui fue el epicentro de mi tarde, en donde los presentes en su funeral nos pasamos un largo tiempo recordando anécdotas, frases y momentos que vivimos junto a él. Imaginando su risa prodigiosa y sus abrazos cálidos y frondosos como era él mismo. Amigos y familiares hablaron en el acto de sepultura pero yo no me atreví a decir palabra. No iba a poder porque hasta redactando mis pensamientos se me ahogaba el recuerdo. No sé cuántos de ustedes tienen un Cuqui en sus familias, pero quizás gente como mi primo deberían convertirse en una medida de felicidad. Un número de 0 a 1 donde el 1 perfecto se llame “cuqui” y que pudiésemos determinar cuánta risa y alegría hay en un hogar calculando cuántos cuqui tiene.

Hace unos meses escribí una limonada sobre un hombre que admiré mucho, aunque no era familia mía. Recordaba su vida mencionando que había dejado muchas hondas huellas y eso mismo pienso de mi primo. Hoy, al ver el desfile de historias, y la manera tan diversa y amplia en la que la bonhomía de mi primo tocó a tanta gente, recordé la analogía de las huellas. Copio unas líneas de aquél escrito que aplican perfectamente a Frank Sánchez Batlle, el inolvidable “Trukis”.


Si has sido una persona de bien, al final de tu caminar sobre este planeta cuando la muerte te visite y fijes residencia permanente en algún cementerio, probablemente le dolerás a alguien. A tu familia inmediata, a tus compañeros del diario vivir y quizás hasta a esos amigos que no veías hacía muchos años. Si es así, felicidades, has dejado huellas.

Naturalmente, no todos dejaremos las mismas huellas. Hay intensidades en esto, como en todo. Y también hay volumen, como también en todo. Las huellas importan por su profundidad, que mientras más hondas más durarán; pero importan también por su cantidad pues mientras más logremos dejar, más personas podrán verlas y quizás seguirlas.

De eso se trata, quizás, la vida: de dejar hondas y numerosas huellas. Lo mejor es que no necesitas ser una “persona importante” como una figura pública, un gran inventor o un científico destacado. Dejar huellas está al alcance de todos.


Las muchas hondas huellas de Cuqui están ahí, visibles y acogedoras, y sobre ella sé que sus tres hijos, sus nietos y su eterna compañera, disfrutarán caminar. Ve en paz, campeón.

Lo que nos deja Delcy

A la hora que esta limonada ha sido publicada, en el día de ayer iniciaba un drama multifacético que tuvo como balance la muerte de una mujer que salió de su casa a trabajar sin saber que ya no regresaría. Delcy Miguelina Yapor es descrita con las mejores prendas morales que corresponden a una persona familiar, espiritual, servicial. Alguien que hacía que este mundo fuera mejor gracias a su existencia.

Aunque no conocí a Delcy, su muerte me duele de muchas maneras: por innecesaria, por evitable, por prevenible, por injusta, por inútil. Toda muerte duele a alguien, y me imagino que la noche que acaba de pasar ha sido horrible para su esposo, para sus hijos, para su familia, para su comunidad. La muerte es segura para todos, pero… ¿morir así? ¿morir mientras dos menores (que pudieran haber sido hijos nuestros) la acompañaban? ¿morir a causa de una bala disparada con otra intención? ¿morir porque alguien quiso vengar el atraco de una cartera? ¿morir mientras dos azarosos huían en vía contraria, quizás contentos de que el tiro no se les pegó a ellos? No, morir así no es una muerte que quepa en la cabeza de nadie.

Y a pesar de lo terriblemente triste del desenlace de la vida de Delcy, pienso que hay algunas enseñanzas en lo sucedido. De manera respetuosa ante el dolor de su familia, quisiera exponer lo que creo que nos deja Delcy con este abrumador hecho.

La vida es un ratito

Supuestamente lo sabemos, pero solemos vivir nuestras vidas de espaldas a esa realidad. Nos pensamos fuertes, sanos, casi eternos, sin darnos cuenta de que vivimos al borde de un precipicio. Ayer cuando Delcy encendió su vehículo, nadie pudo prever lo que pasaría momentos después. De ahí la importancia de vivir con la menor cantidad de “deudas emocionales”. Que no falte brindarle amor a los cercanos, ayudar a quien lo necesite, trabajar honestamente. Cualquier día puede ser nuestro último amanecer.

Estoy seguro de que Delcy no tuvo la muerte que deseaba ni la que nadie cercano a ella esperaba. Ni en forma ni en tiempo ni en circunstancias. Sin embargo, hace 24 horas que no está entre nosotros.

Heroísmo en la muerte

Estoy bastante seguro de que Delcy no tuvo mucho tiempo de reaccionar ante lo que sucedía, pero a pesar de todo, reaccionó correctamente. En los vídeos de la cámara de seguridad de un residencial cercano se percibe claramente cuando ella detiene el minibús, habiendo sido baleada. Quizás fue un acto reflejo de su parte, pero para mí eso fue su último acto heróico. Si mantenía el pie en el acelerador, o si perdía el control del vehículo, sin dudas el asunto pudo haber sido mucho peor.

Si aún no han visto el vídeo al que hago referencia, pueden consultarlo aquí.

La justicia no es justa

Cualquiera de nosotros seguramente afirmaría que Delcy murió a consecuencia de la delincuencia que nos arropa. Y tiene sentido pensar así, pues si los azarosos no hubieran sustraído la cartera a otra persona, ni se hubieran dado a la fuga, el exraso Franklin Padilla no habría disparado su arma.

Sin embargo, para el sistema judicial, las cosas no son así. No sé mucho de leyes, pero sé que si los atracadores de Evaristo Morales llegan a ser atrapados (y no los matan en un “intercambio de disparos”), a la hora de ser juzgados, la muerte de Delcy no formará parte de su expediente. Ellos no la mataron ni la atracaron. Probablemente ni siquiera se enteraron de que uno de los disparos la había alcanzado. Para el sistema judicial, ellos no tienen ninguna responsabilidad con esa muerte.

La persona que debe responder por la muerte de Delcy Yapor es Franklin Padilla Núñez, quien ya ha confesado que disparó su arma con intención de detener a los atracadores. Franklin Padilla, según lo poco que sé del Código Procesal Penal, podría ver cárcel por homicidio involuntario. Franklin Padilla, quien actuó con el interés de detener a dos asaltantes, quien intentó vengar un atraco menor, podría ser quien más sufra el peso de las leyes.

Si los atracadores son detenidos y juzgados, la pena máxima podría ser “una chambra” en comparación que el daño que desencadenó su “hazaña”.

Paremos la “eyaculación precoz” de desinformación

Me perdonan el término “sexual” en un tema muy serio, pero no encuentro nada más exacto. Desde que empezó a regarse la noticia del incidente en Evaristo Morales la cantidad de versiones que surgieron me aturdió. Se dijo que la señora discutió con “un motorista” porque ella le reclamó ir en contravía en la Francisco Prats Ramírez. Luego se dijo que la asaltaron y le dispararon. Más tarde, que le dispararon pero no fue que la asaltaron. Se dijo que su cuerpo había recibido tres disparos. Hubo gente que llegó a decir que la señora estaba embarazada. ¡Coño! ¿Esas son formas de ganar tráfico, likes, retuits y subir tu estúpido “Klout”? Maldita sea esa práctica.

Al final, la historia fue muy distinta, pero en las primeras horas, la cantidad de fábulas que se difundieron en las redes sociales, y de las que se hicieron eco algunos periodistas, fue dañina. La gente tiene que aprender que escuchar o leer cosas en las redes sociales no tiene absolutamente ninguna garantía de veracidad –ni siquiera cuando quien escribe es un reportero o periodista–. La razón es simple: Los hechos no se han asentado y hay mucha confusión. Por lo tanto, hay que tener mucho, extremo y especial cuidado cuando se va a difundir una información de un hecho confuso y no esclarecido.

Más aún, la cantidad de “expertos en balística”, “conducta delincuencial” y análisis de vídeos cuadro-por-cuadro que vi hoy es espeluznante. Todos en aire acondicionado y lejos del lugar de los hechos. ¡No jodan! Ese afán de “dar la primicia” y de lograr ser el primero que dijo tal cosa es una maldita traba a la verdadera información. Hacemos bien en verificar, volver a verificar y verificar las fuentes que verificamos. Se pierde más tiempo, pero se gana más credibilidad.

Déjenle los héroes a Marvel y DC Comics

Tampoco conozco a Franklin Padilla Núñez pero simpatizo mucho con él. Obviamente no por haber cegado la vida de Delcy, sino porque, aunque no conozco sus motivaciones, se adivinan fácilmente. Franklin, así como yo, está hastiado de la delincuencia. Harto de trabajar para que un maldito culo cagao se le ocurra apropiarse de lo ajeno. Le toca estar cerca de un atraco, ve huir a dos azarosos (asumo que fue testigo del delito) y tiene un arma a mano. No hay que ser genios para saber que el instinto actúa muy rápidamente. Yo no porto armas de fuego, pero si llegara a hacerlo y me viera en una situación como la que tuvo Franklin Padilla, apostaría que también halaría el gatillo.

Ser héroe no es algo que cualquiera de nosotros querría ser. El heroísmo implica riesgo y peligro, reflejos rápidos y mucho juicio. Se requiere mucho entrenamiento para manejar situaciones de alto peligro y saber actuar apropiadamente. Por eso, no dudo que la intención de Padilla haya sido aplaudible. Pero…

Todo por una cartera

Ninguna vida tiene precio, pero ayer la de Delcy Miguelina Yapor fue truncada por el “fantástico” valor de una cartera. No importa cuánto fuera el botín de los maleantes, estoy seguro de que nadie (ni los mismos atracadores, me atrevería a apostar) arriesgaría su vida por hacerse de una cartera de la que ni siquiera sabe su contenido.

Peor aún, el exraso Padilla, actuando probablemente bajo instinto y adrenalina, hizo uso del arma que portaba y realizó varios disparos. ¿Por una cartera? ¿Realmente vale la pena dispararle a asaltantes en movimiento para intentar recuperar una cartera?

También por una cartera, Kaisha Patricia Requena perdió la vida hace casi ocho años. Esto debería ser una alerta para nosotros también. Los atracadores salen a la calle dispuestos a delinquir, y están preparados para tomarse el riesgo de que los maten en ello. Tienen la ventaja de la preparación previa y del factor sorpresa, además que probablemente también anden armados. ¿Qué puede contener una cartera, un bulto o un vehículo que valga el riesgo de morir?

Ciudadanía armada

No les niego que me ha atraido siempre la ley del karma. Aquello de que “el que la hace, la paga” me parece no solo justo sino aplaudible. Pero me parece preocupante que la ciudadanía se empeñe en conseguir armas “para defenderse de la delincuencia”. Es cierto que las veces que me han robado he deseado que a los atracadores se los lleve una OMSA que se detenga en el Hipódromo, pero de ahí a que cada cual se busque “un jierro” para que lo libre de todo mal, se me antoja que es la antesala de muchos casos como el de Delcy.

El exraso Padilla fue militar, tuvo entrenamiento especializado para manipular armas de fuego, y sin embargo, ayer acabó con una vida, accidentalmente. ¿Qué garantías tenemos de que tú vas a saber usar una Glock para enfrentar a un delincuente? Peor aún, ¿qué seguridad tenemos de que ante cualquier pendejaíta, un choque de tu auto, un pleito jugando baloncesto, un cuerno que te peguen o una depresión que te de, no vas a sacar tu arma y usarla para hacer daño a alguien o a ti mismo? ¿Así se solucionará la delincuencia?

…¿O no será la manera más rápida de aumentar los crímenes?

“¡COÑO, BASTA YA!”

Sin embargo, nos sentimos indefensos ante la delincuencia. Profundamente desprotegidos. Y muertes como la de Delcy provoca un aluvión de descontento, desesperanza e impotencia que no es fácil de expresar o contener. Este ciudadano, que conocía a Delcy y a su esposo, lo dijo con bastante elocuencia.

¡Coño, Basta ya!

¡Coño, Basta ya!

Ciudad segura my ass

Es difícil no sonar “comemierda” con esto pero la muerte de Delcy y el atraco que la provocó no sucedieron en un “barrio caliente”, ni en un sector lleno de droga, delincuencia o prostitución. No, ello sucedió en Evaristo Morales, un sector tipificado comúnmente como clase media alta. Un sector patrullado continuamente. Un sector donde casi todos los edificios y negocios tienen vigilantes y cámaras de seguridad. Y aún así, allí fueron esos malditos a robar una pendeja cartera.

Para las autoridades, esto es “percepción”, pero para cualquiera que sepa dos cheles estadística y conozca la famosa campana de Gauss, sabe que cuando los casos extremos empiezan a “salirse de la normalidad”, la distribución deja de ser uniforme y hay motivos para revisar causales.

Una simple campana de Gauss

Una simple campana de Gauss

Es cierto que la mayoría de los crímenes suceden en “barrios calientes” (en la campana de ejemplo, el 68% de los casos), pero con todo y eso la cantidad de atracos en sectores “en lo claro” hace mucho tiempo que dejó de ser algo poco común para convertirse en “un asunto de diario” (los márgenes a ambos lados de la campana).

¿Hace falta un científico nuclear para entender que ello se debe a la ineficacia de las autoridades para mantener bajo control a los delincuentes? Y con “autoridades” me refiero a mucho más que solamente la Policía Nacional, ya que por mucho que ellos detengan malhechores (que no se caracterizan por ello, sin dudas) no me extrañaría que los pocos que detienen tengan un grupo de Whatsapp con los fiscales y alguaciles donde se anuncian “loco, me agarraron en Gascue, ve pidiéndome un frikitaki que voy para Ciudad Nueva en 10”. El Código Procesal Penal, y las autoridades encargadas de ejercerlo, solo le pasan la mano a los delincuentes y les dicen con tono condescendiente “men, pórtate bien, ombe, ¿quieres?”. Así no se va a avanzar.

Las otras Delcys

A nosotros, los clasemedia que tenemos Internet y redes sociales sin dudas Delcy nos suena cercana. De verdad que para mí es una persona que pudo estar en mi círculo de amigos, pero no lo era. Arriba mencioné la campana de Gauss y deliberadamente tipifiqué el caso de Delcy (y el de Kaisha Requena) como outliers que se hacen cada vez más frecuentes. Eso debería preocupar, pero no significa que los numerosos casos parecidos o hasta peores que suceden en esos “barrios calientes” (los que componen el grueso de la campana) no deban ser atendidos. De hecho, creo que la única manera de actuar correctamente contra la delincuencia es atacando el mal donde más está diseminado.

Como Delcy muchas otras personas pierden la vida en asaltos diariamente. No llegan a ser trending topic porque no son “de los nuestros” pero mierda… son vidas que también merecen ayuda, atención, protección y que las autoridades actúen de verdad. Con todo el respeto a la familia de Delcy, pero cuando una mujer es asesinada en Guajimía o La Ciénaga, también deja huérfanos y también le duele a alguien. Y en esos barrios esas cosas pasan por mucho menos que una cartera. Just Saying.

Y como si hiciera falta que mis palabras fueran confirmadas, menos de 24 horas después de la muerte de Delcy Yapor, otra mujer murió, fruto de un asalto por una cartera, en Villa Consuelo. ¿Cuántas Jaqueline de la Cruz más faltan para que realmente haya acción?

Esta Delcy

No conocí a Delcy Yapor, pero me duele su muerte como si hubiera sido una de mis amigas. Y conozco a muchas mujeres que podrían asemejarse a ella, muchas que pudieron haber muerto ayer en ese incidente. Mi madre, que con 75 años a cuestas aún se afana en cuidar a todos y estar pendiente de todos los detalles. Mi suegra, mujer de delicado trato y amor amplio y que, casualmente, vive a unos pasos de donde Delcy cayó abatida. Absolutamente todas mis tías, mis comadres, y prácticamente todas mis amigas, compañeras de trabajo o de estudios, mujeres que se fajan a levantar familia a pesar de todo, porque asumen la vida con esa entereza que no abunda tanto. Cualquiera de ellas pudo haber estado circulando en la Francisco Prats Ramírez a las 7 de la mañana y encontrar pendejamente su muerte.

Los familiares y amigos de esta mujer, protagonista inconsulta de una tragedia de muchas aristas, harían bien en mantener su memoria presente en sus vidas. Yo, desde mi distancia, lloro con ustedes la muerte y aplaudo la vida de Delcy Miguelina Yapor.

Al mediodía del martes, la familia de Delcy Yapor dio una de las más hondas muestras de coraje, benevolencia y perdón, al extender un abrazo a la familia del hombre que accidentalmente mató a la señora. “Ellos también sufren” dijeron y yo no encuentro manera de sentir más admiración por su acto. Llamaron a la reflexión a todo el país, y aunque eso es correcto (es parte de lo que motiva mi limonada), creo que el llamado debió ser firme con exigir a las autoridades que deben la condescendencia con la delincuencia.

Mi aprecio a esa familia.

Malabaristas en la cuerda floja

En los días recientes he llegado a imaginar la vida con una metáfora que, me parece a mí, se ajusta mucho a la realidad. Se me ocurre pensar que la vida es un acto de malabarismo sobre la cuerda floja. Nacemos y empezamos a caminar sobre el cordel sin que siquiera sepamos caminar sobre nada. Mientras crecemos adquirimos habilidades que nos hacen mejores. La vida nos lanza una pelota (nuestras primeras palabras, quizás) y la atajamos sin perder el equilibrio. Seguimos con vida, qué bien. Luego tenemos que lidiar con otra pelota distinta y más pesada. Equilibramos la carga sin perder el balance sobre la cuerda y ya hemos caminado un metro (el primer cumpleaños).

Con el correr de los años avanzamos sobre nuestra cuerda no con las manos vacías, sino haciendo malabares con más y más cosas (el colegio, las tareas, los amigos, los amores…) y más y más cosas (la universidad, una novia o dos, el trabajo…) y más y más cosas aún (quizás nos casamos, quizás tenemos nuestros propios hijos –malabaristas de sus propias cuerdas flojas–, quizás nos divorciamos…). Y llegamos a ser adultos y estamos ya tan acostumbrados a vivir en la cuerda floja que creemos que es el suelo mismo. Y estamos tan acostumbrados a sortear la vida con todo lo que nos lanza que creemos que nada nos podrá tumbar.

Y ahí es que nos equivocamos.

Estamos lejos de ser eternos, y sin embargo, pensamos muy poco en ello, aferrados quizás a una quimérica sensación de ser indestructibles. Pero la realidad es brutal: somos muy frágiles, somos increíblemente endebles. Como cualquier malabarista, basta un error para que se acabe el acto. Como cualquier funámbulo sobre un cordel, un paso en falso equivale a una caída. Nuestro “asombroso” acto de malabarismo es insignificante y por más metros que hayamos logrado caminar, la triste realidad es que nunca llegaremos al otro extremo, porque no existe el otro extremo. De la vida nadie sale vivo. Al final se nos caerán todos los malabares.

En la cuerda floja - Imagen extraída de http://www.deportesx.com

En la cuerda floja

Mi amiga Kenia

Kenia Gómez

Kenia Gómez

El domingo 17 de agosto perdí una maravillosa amiga. Madre de dos niñas hermosas de 10 y 9 años, mi amiga tropezó en su cuerda con una bacteria en su tracto digestivo y se cayó de la cuerda apenas unos centímetros antes del metro 43. Con ella cayeron decenas de planes y sueños que quedaron rotos junto a su memoria y a la sonrisa indeleble que tuvo siempre. Una sonrisa que duele, una memoria que llora porque no nos cabe en la cabeza que su acto terminaría tan pronto. Sí, porque pensamos, aupados por las estadísticas, que no es justo morir antes de los 70 u 80 años. Que no es justo privar a dos niñas de su mejor amiga, del soporte que era para ellas. No es justo, decimos mientras recordamos que hay narcotraficantes que ven biznietos. No es justo, lloramos mientras vemos tanta gente dañina a las que no les da ni una gripecita. No, no es justo, coño.

Ver partir a Kenia me ha resultado un golpe muy fuerte. Imaginarme a sus hijas equilibrando en sus cordeles un fardo tan lúgubre es algo que me agobia. Enfrentar el resto de sus vidas sin la supervisión, sin el consejo y sin la complicidad de su madre, de mi amiga, carajo, es un trago odiosamente amargo.

Y yo

En el mismo tenor, les cuento que hace dos semanas noté que tenía una “picada de mosquito” en la parte posterior de mi muslo derecho. “No es de cuidado” pensé y me fui a trabajar. Al otro día Sarah mi esposa notó la situación y le dije que no era “nada de importancia”.

El jueves, al ver que la erupción no cedía, empecé a aplicarme un antibiótico externo, sobre la protuberancia y noté que el área estaba muy caliente. Pero como nunca me dio fiebre, pensé que la cosa era local y que “no era nada de lo cual preocuparse”. En la noche sentía molestia para caminar y me apliqué más antibióticos pero empecé a preocuparme. “Mañana iré a la emergencia de la Abel González” me prometí. Pero el viernes llegó y pasó y yo atendí otras cosas que eran de cuidado. Continué con mi automedicación sin saber si era apropiada la dosis o si haría efecto alguno sobre la ya muy abultada y dolorosa herida.

El sábado amanecí sin dolor en la pierna, sin molestias al caminar y pensé “ya está, está cediendo el problema” y tampoco fui a ningún centro médico. “No hay que aspavientar; no voy a ir a que me curen una picadita de mosquito y menos ahora que ya estoy mejorando”, pensé.

El domingo tenía molestia para doblar la rodilla y por fin la preocupación fue suficiente para decidirme a ver a los especialistas. Luego de almorzar terminé en una emergencia, muy seguro de que me recetarían alguna cosa simple y me iría a mi casa y al otro día amanecería recuperado.

Sin embargo, me canalizaron en mi mano derecha y pasé las siguiente cinco noches durmiendo en la habitación 515 del Centro Médico Dominicano, luego de que mi cuadro alarmara al personal de emergencia. La infectóloga Talía Flores y la cirujana Melissa García coincidieran por separado que estaba presentando necrosis en un área demasiado amplia y que estaba al borde de una septicemia.

Fui sometido a cirugía para extraer todo el material producto de la infección, y les aseguro que debe haber sido algo grande pues tenía el muslo hinchadísimo y sólido como si fuera Bruce Banner “incojonado” (pero sin el color verde y sin nada de la fuerza que acompaña al Hulk).

Me quedó una herida del diámetro de una moneda de 25 pesos y de más de un centímetro de profundidad, de cuyos efectos estoy recuperándome en mi casa desde el pasado viernes. Mi cuadro clínico es muy favorable, pero no cabe dudas de que pasé varios días desbalanceándome en mi cuerda floja, sin saber manejar correctamente lo que la vida me lanzó. Finalmente recobré el equilibrio y estoy de nuevo manejando mis malabares como se debe. Sin embargo, la realidad no se minimiza: Estuve bastante cerca de caerme de la cuerda, o cuando menos de tener que continuar mi recorrido con una pierna menos.

Lecciones

De estas dos historias aprendí algunas cosas. La analogía de los malabaristas en la cuerda floja fue sumamente clara y quizás lo que más lamento es no haber podido despedir a mi amiga, pues estuve interno con mi problema mientras ella fue velada y sepultada. Otra mueca de las circunstancias.

No somos eternos. De hecho, ni siquiera somos longevos. Pocos de nosotros viviremos más de 100 años y si lo hacemos probablemente no estaremos en las mejores condiciones para disfrutarlo. Pero nada quita que nuestra travesía se interrumpa abruptamente. Un resbalón, un desequilibrio, casi cualquier cosa puede hacernos caer. Es necesario que tengamos muy claros que cada día que abrimos los ojos podría ser nuestro último amanecer. No quiero sonar a derrotista ni es mi costumbre el pesimismo, pero sí es cierto que por gozar de una excelente salud y ser “jóvenes” nos creemos imbatibles. No lo somos.

Conviene que siempre tengamos un “roadmap” de la vida para que vayamos alcanzando logros que nos hayamos planteado. Estamos muy acostumbrados a vivir los días según vengan los días, y cuando eso sucede no vivimos, sino que apenas sobrevivimos. Más aún, tenemos que prestarle atención al trabajo, a ponerle límites a lo que hacemos para dejar tiempo suficiente a nuestra familia. Ningún trabajo se merece la mayor parte de nuestra energía y nuestra creatividad. Ninguno.

Finalmente, espero haber aprendido la lección: No existen pequeños e insignificantes eventos médicos. Todo se relaciona, todo está enlazado. No resulta nada sabio ignorar las señales que el cuerpo nos da.

Sigamos sobre nuestras cuerdas, pero recordemos que pisamos terreno muy frágil.

¿Por qué nos duele tanto Robin Williams?

La muerte de Robin Williams, inesperada (e innecesaria para todos excepto para él mismo), ha sumido a buena parte del mundo en gran pesar. Personas de distintos niveles, profesiones, trasfondos e intenciones han publicado mensajes de duelo en sus perfiles sociales y #RobinWilliams ha sido trending topic una buena parte de las últimas horas.

Y no es para menos, al considerar los elementos que tenemos a mano sobre el caso. Se trata de un actor muy querido y más admirado, dueño de interpretaciones inolvidables, capaz de hacer reír con su sola presencia. Se dice que tomó la decisión de quitarse la vida y que estaba sumido en depresión. Tenía solo 63 años, lo que en términos de Hollywood es aún una edad eminentemente productiva. Ayer cualquiera de nosotros pudo haberlo visto en una tienda o en el supermercado y probablemente nunca habríamos pensado que hoy estaría muerto. Que hoy se habría quitado la vida.

¿Por qué nos duele tanto Robin Williams? Yo, que soy de los que tuvo el privilegio de crecer con Mork and Mindy, que luego lo vi transitar por una caterva de roles, siempre pensé que Robin Williams era una especie de Peter Pan, un niño atrapado en un cuerpo adulto, un mozalbete que nunca maduró, que se tomó siempre la vida en broma. Con todo, tomaba muy en serio su trabajo y respetaba la industria.

¿Por qué nos duele tanto Robin Williams? Me animo a pensar que nos duele ver partir a aquel extraterrestre que saludaba tocándose las orejas y que no decía “coño” sino “shazbot”, aquel Popeye el Marino, aquel Patch Adams, aquella insuperable Mrs. Doubtfire, el interminable robot de Bicentennial Man y aquel hombre que hasta cuando hacía papeles dramáticos nos sacaba alguna sonrisa. Y nos duele por eso mismo: Porque nos hacía reír. Con lo que fuera, siempre nos reíamos. Nos hacía felices. Nos hacía mejores personas porque nos sacaba auténticas carcajadas.

Y esa es la primera enseñanza que saco de la muerte de Robin Williams: Quienes te hacen reír te harán más falta cuando no estén. Aquellas personas que reparten felicidad, sonrisas y alegría son las que hacen la vida menos desagradable. Quienes te contagian la risa aligeran tu día y hacen que sea más llevadero el devenir de las horas. Así era Robin Williams y así sé que lo recordaré.

Robin Williams en Don't Worry Be Happy

Robin Williams en Don’t Worry Be Happy

Claro que no era perfecto. Tenía profundas sombras, adicciones serias y una larga lucha contra la depresión. Quizás un cóctel de todo ello lo llevó a tomar la maldita determinación de suicidarse.

Y esa me parece la segunda enseñanza que me deja el afable Mork: Hay que saber leer la felicidad. Hay que saber leer las señales que va plantando una persona depresiva a su alrededor. En muchos casos, esas señales son grandes pedidos de ayuda que pasan desapercibidos porque todo parece feliz en lo externo.

Es posible que nada habría impedido a Robin Williams quitarse la vida. Quizás sus familiares y amigos más cercanos habrían podido evitar que hoy sucediera este triste desenlace pero mañana la historia habría sido distinta. Pero la responsabilidad de los amigos y familiares es la misma, debemos preocuparnos por los demás, debemos profundizar en las conversaciones, ahondar mucho más allá del simple saludo, mostrar genuino interés por saber lo que pasa en la vida de los demás. En una gran cantidad de casos, las personas depresivas simplemente necesitan ser escuchadas y tomadas en consideración. Hay casos de depresivos destructivos, aquellos que activamente se alejan de todos y que alejan a cualquiera que intente acercarse, pero supongo que esos son los menos.

Creo que el mundo ha perdido un talentoso actor, un hombre de profunda sensibilidad, de amplísimo histrionismo. Ojalá que podamos recordarlo con la inmensa sonrisa que tuvo siempre. Ojalá que a la vez, podamos sonreír y hacer que nuestro entorno sea más llevadero como él nos ayudó por casi 40 años. Ojalá que podamos sonreír junto a él cantando “Don’t Worry, Be Happy”.

Mis películas favoritas de Robin Williams

Robin Williams era de esos actores que me motivaba a ver cualquier película que tuviera su nombre entre los créditos. Elegir un puñado no es tarea fácil, pero estas son de mis favoritas con Robin Williams:

  1. What Dreams May Come. Una película dramática, muy atípica en su trayectoria, pero al mismo tiempo inmensamente bien lograda. Paradójicamente, en la trama, Williams tiene que salvar a su esposa de lo mismo que él ha hecho hoy.
  2. Bicentennial Man. Otro drama (este mucho más chispeante). Mágica historia que a lo largo de dos siglos muestra cómo una máquina puede llegar a amar tanto que se vuelve más humano que un humano.
  3. Good Will Hunting. Imposible no sintonizar con el mentor de Will Hunting en un drama igualmente audaz como genial.
  4. Mrs. Doubtfire. Una de las interpretaciones más geniales de Williams, y con un mensaje que cualquier padre comprenderá.
  5. Good Morning Vietnam. Una de las más hilarantes comedias que recuerdo en mi juventud.

El verdadero peligro con @BisonoCarlos

Tenemos que abrir los ojos mucho más. Twitter es una red asincrónica, por lo que no necesita haber una reciprocidad a la hora de entablar un vínculo de seguir o ser seguido, como en Facebook. Eso implica que cuando decidimos seguir a alguien en Twitter o cuando interactuamos con alguna cuenta de alguien a quien no conocemos en persona, no podemos estar nunca seguros de lo que pasa del otro lado de la pantalla.

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Facundo inmortal

Lloro, no por él, porque nunca le hizo falta la lástima ni le habría hecho gracia mi tristeza. Lloro por nosotros, por los que hoy estamos más pobres, más huérfanos, más solos sin su sencillez y su sabiduría. Lloro por lo que somos sin su poesía artesanal y campesina, sin sus canciones hechas con jirones de nuestras propias vidas.

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Kaisha y la Justicia Privada

Ya los sensatos consejos de andar con cuidado, de vigilar constantemente, de no andar solos y demás, no son suficientes. El país está cada día más al borde de asumir como norma la “Justicia Privada”, y empezar a poner en orden las cosas por mano propia. Y les juro que yo estoy listo para hacerlo, por lo que ruego a Dios que si me toca ajusticiar a delincuentes, que al menos pueda llevarme muchos antes de caer yo mismo en las impúdicas garras de la “justicia” dominicana.

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Si yo pudiera…

Si yo pudiera, les contaría cualquiera de las inolvidables, geniales, aleccionadoras historias que tengo en mi memoria sobre mi tía Fantina.

Si yo pudiera, les describiría con lujo de detalles cómo era su risa cuando se derramaba en carcajadas.

Si yo pudiera, les diría cómo ella entonaba ese “¡Mira, muchacho!” que me decía cuando la sorprendía haciéndole cosquillas por la espalda.

Si yo pudiera, trataría de que entendieran el cariño que sentía por Dios, la manera desinteresada en que ayudaba a cientos de personas.

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