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Tremendo concierto, débil protesta

Yo me he mantenido con un ánimo meramente contemplativo ante toda la campaña en favor de Los Haitises, incluyendo el multitudinario concierto de ayer domingo. Estuve en la Plaza España desde temprano, aunque no me quedé hasta el final (la gripe no me lo hubiera perdonado) y mientras estuve allá, y leyendo los reportes vía Twitter, Facebook y los blogs que se han pronunciado al respecto, tengo la impresión de que algo no anduvo bien.

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Out Of Order

Anoche por primera vez me sentí realmente “viejo” aunque quizás sólo estaba falto de un par de tragos. Una amiga de Sarah ayer estaba de cumpleaños, y nos invitó a pasar un rato junto con ella en un conocido bar/café/lounge (o para ser más breve, una simple brincoteca) así que allá nos apersonamos cuando el can estaba en sus buenas.

Yo he confesado en muchas ocasiones (aunque quizás esta sea la ocasión en que lo hago más público) que a mí no me brincaron cuando era chamaquito, por lo que mis habilidades para mover el cuerpo de manera rítmica son muy limitadas. Crecí siempre con ese “cuco” que me azotaba las tripas cuando llegaba la hora del bailoteo, y aprendí a escurrirme hacia una esquina discreta, a ir al baño, a “salir a tomar aire fresco” o a inventar cualquier excusa para evadir verme en medio de una pista de baile siendo el cuerpo discordante entre la convulsa coreografía de anatomías que se zarandeaban de allá para acá poseídas por los más primigenios espíritus del atabal.

Simplemente mi ADN tiene malogrado el gen del ritmo. Claudia García, una maravillosa persona que conocí hace ya algunos años, se forjó la misión de contagiarme su versátil don de dar pasitos de todo tipo con gracia y salero, y sucumbió después de algunos exhaustivos intentos. Aún cuando nos escribimos o hablamos me dice “Hola, Cruce de Ocoa” en referencia a mi incorregible manía de convertir mi pie derecho en un segundo pie zurdo y cruzarme los pasos yo mismo como intersecciones de confusión.

Y no es que le tenga miedo a bailar, pero lamentablemente mi estatura de casi dos metros me hace el centro de atención en la mayoría de los lugares donde voy simplemente por el hecho de aparecer… mucho más si trato de mover los pies cayéndole atrás a La Langosta de Amarfis. Así que quizás mi miedo es más a ser blanco de risas soterradas de los que han sido más bendecidos por Solfea, la Diosa de la Clave y el Ritmo. Y sí, sí, yo he leído ese asunto de “Baila como si nadie te estuviera mirando”, muy bonito y todo, pero no way, no me sale eso de bailar algo que no sé bailar.

Todo esto viene a cuento porque anoche, en el cumpleaños de la amiga de Sarah, me vi rodeado por un mar de cuerpos que se movían a diferentes velocidades, ritmos y secuencias, pero todos al compás de la misma música. Y yo quise moverme discretamente en la seguridad de mi mosaico, tan sólo para dar la impresión de que no era una de las figuras decorativas del lugar. Pero más nada.

De repente, me sentí totalmente fuera de lugar, ajeno y distante. Mi subconsciente empezó a reírse mientras veía alguna que otra chica moverse como un gusano del flamboyán al que le echas sal. Y a decirme calladamente “sí, pero tomarías tú poder hacer esos movimientos… al menos con la ropa puesta”.

Y entonces, me di cuenta de que tengo casi 38 años, o sea, casi 40 años. Y me sentí viejo. Injustamente viejo. O quizás convenientemente viejo, para sepultar bajo esa excusa mi arritmia corporal, y ponerla como pancarta en mi frente cuando de bailar se tratara. “Lo siento, yo no sé bailar esas cosas modernas, lo mío eran merengues de los años ’80″… y rogar al cielo que el DJ no se le ocurriera ofrecer un set con Bonny Cepeda o Los Hijos del Rey. Lo malo es que esa es una excusa muy pendeja, sobre todo cuando recuerdo un viejito casi momificado que estaba en la boda de Anny Reyes y Ricardo Cordero, el año pasado en Santiago… ese señor, primo hermano de Tutankamón, bailó hasta al ritmo de los tenedores a la hora de la comida…

Pero nada… esperemos que logre vencer ese demonio pronto. No será el primero que domino. Y quizás sea de los últimos en sobrevivir mi cumpleaños 38. ¿Dónde es que enseñan a bailar salsa en 24 horas?