Hace poco mi madre me envió la foto encabeza estas líneas. En ella, un hombre arrebata un “paquito” de la mano de un niño que yace en cama con la pierna derecha enyesada. El interno se cubre la cara con otro paquito, por lo que se supone que el señor quiso quitarle la cobertura para que le hicieran la foto, pero el niño fue más veloz que el fotógrafo y alcanzó a cubrirse a tiempo. Otro niño, de pie al borde de la cama, observa con los brazos cruzados.

Recibiendo visitas luego del accidente en que me fracturé la tibia y el peroné.
Recibiendo visitas luego del accidente en que me fracturé la tibia y el peroné.

El niño del yeso soy yo, por supuesto. El señor era un amigo de mi padre y el otro niño en la imagen es mi primo Fernandito. La foto la hizo su padre, mi tío Fernando Batlle Pérez.

Es la única fotografía que existe relacionada con el accidente que sufrí el 30 de enero de 1979, cuando con solo 10 años casi me mato al salirme del autobús escolar. De ese incidente escribí hace años, así que no voy a repetir lo beneficioso que fue partirme la tibia y el peroné a los 10 años. Quiero mirar mi infancia a través de esa foto para recordar cómo cambié.

El flaco, largo, cuatro-ojos y pariguayo

Yo mido 1.98 metros (6 pies y 6 pulgadas), así que soy excepcionalmente alto en este país. No siempre fui el más alto, pero tuve una época en la que parecía que crecía un milímetro cada vez que pestañaba. Lo peor es que mido lo que mido desde los 14 años.

La foto de mi pierna enyesada refleja mucha de mi infancia y adolescencia: odiaba que me miraran y se burlaran de mí. No era capaz de ver que quienes me visitaban lo hacían para darme apoyo y muestras de afecto.

Cuando estaba en 6to de primaria, había al menos cinco compañeros de curso que eran más altos que yo. Apenas dos años después yo era no solo el más alto de mi clase, ¡sino de todo el colegio! Eso suena divertido pero para un chico de 14 años es todo un problema. Además de alto, era muy delgado. El caldo perfecto para todo tipo de bromas y burlas. Era visto como un freak, como una atracción de circo. Y si a mi altura y delgadez le añades que uso gafas desde los 6 años de edad, es fácil comprender que no tuve los años más felices en mi adolescencia.

Las burlas solo ayudaron a volverme más retraído e introvertido. Siempre era último que salía del aula en el recreo, el que nunca tuvo iniciativas, el que rara vez levantaba la mano aunque me supiera alguna pregunta mejor que nadie.

Todos los nerdos que conozco eran buenos estudiantes, pero yo rompí ese molde ya que en el colegio fui un alumno atroz, haragán, descuidado, siempre en una especie de limbo académico. El único “libro” que sí leía mucho era el Pequeño Larousse Ilustrado, ese mítico diccionario enciclopédico que estaba en todas las casas de mi infancia.

Mi hobbie era escribir. Disparates o no, escribía a mano o en maquinilla, y de alguna manera hice el hábito de plasmar por escrito mis ideas. Mi mayor obra fue una forma de comedia en donde mezclaba personajes históricos con series de televisión (Los Héroes de Hogan, Cosmos 1999, Días Felices y Mi Bella Genio fueron algunas series de las que tomé ideas). Se desarrollaba en Hiroshima, en 1945, y quisiera recordar más pero me da vergüenza porque era realmente una vaina absurda.

El caso es que en mi loco universo aquella comedia histórico satírica que escribí solo la leyó una persona: Raúl Tejeda, el principal compinche que tenía en esos años, otro nerdo objeto de burlas porque era también flaco y asombrosamente peludo para la edad que teníamos. Raúl y yo nos servíamos de compañía y él leía cada día una nueva página de mi bizarra obra prima, de la que apenas han sobrevivido algunas páginas. Quizás ver a Raúl doblado de la risa leyendo las vainas que se me ocurrían fue también la motivación que necesitaba para al menos valorar ese afán de escribir. Hoy día, aunque no soy más que un “bloguero”, sin ese apoyo y complicidad probablemente este blog no existiría.

Ok, me desvié del tema, pero creí conveniente resaltar que la altura (y la feura, de acuerdo a los “estándares” de mis compañeros) me encerraron en un mundo introvertido, en donde escribir era mi desahogo creativo. De todas maneras, no puedo recordar una sola ocasión en la que fuera yo tomado en cuenta para nada (salvo cambiar bombillos), ni por los compañeros ni por los profesores. Nunca participé en baloncesto ni voleibol, nunca fui cuadro de honor, nunca tuve novia y apenas vine a saber de los placeres del chulinculinmaniteteo fuera de las aulas. Mi adolescencia fue una pasarela del pariguayerismo aplicado, sin duda alguna.

Y mirando en retrospectiva, tengo que reconocer que todos mis amigos del colegio sufrían su cuota de burlas también. Lo que sucede es que, naturalmente, uno se enfocaba en sí mismo más que en nadie. No puedo negar que yo también tuve mis momentos en los que ejercí burlas sobre mis amigos, aunque por lo general me las respondían con más burlas a mí. La mofa era la moneda corriente de los muchachos de mi época, la verdad.

Ser objeto constante de bullying antes de que se inventara el término, con menos de los 18 años, en una época sin Internet, donde apenas empezaba la televisión por cable, fue una vaina complicada.

El lanzado con iniciativa

Al terminar el colegio (a duras penas, ya dije que era pésimo estudiante) llegó la tenebrosa etapa de la universidad. Luego de un traspiés en una universidad que no me gustó, me pagué mi carrera en UNAPEC, pero ello también fue un reto para alguien muy poco preparado para la aridez de la “vida adulta”.

Felizmente, algo cambió. O mejor dicho, algo cambié: Decidí ser lo más importante para mí. Suena simple y tonto (quizás lo es), pero en algún punto, sin aviso ni precedentes, me di importancia, decidí aprovechar mi altura y hacerla ventaja. De ser un tipo callado en el colegio, en la universidad, desde el primer momento, fui lanzado, levanté la mano para responder de todo, me hice líder de mi clase y cabecilla de dos revueltas en las que conseguimos que expulsaran a sendos profesores inservibles que teníamos.

Organizaba los grupos, elegía yo entonces a quienes quería que trabajaran conmigo. La altura y mis gafas entonces jugaron a mi favor y de ser el nerdo estúpido me volví en el eje de los cerebros. Y mis estudios mejoraron bárbaramente, le tomé gusto a aprender y a saber responder sin miedo y a saber cuando me equivocaba para mejorar.

Nunca leí libros de autoayuda, nunca vi películas motivacionales hasta años después. Pero tuve la dicha de que algo dentro de mí, de alguna manera que no logro comprender, se abrió con la fuerza de un río desbordado y me catapultó a jamás volver a sufir por una burla, y a saber manejar a quienes lo intentaban. La altura desde entonces, ha sido parte de mi identidad, un arma que me enorgullece resaltar. Con la feura no pude hacer mucho, pero la muela ayuda, mucho. Y con la flacura, ah ¡eso sí que lo superé!

Sin buscarlo y hasta sin proponérmelo, aposté a mí a los 18 años.

Hace unos años mi promoción del colegio celebró 30 años de habernos graduado. Una de las cosas que varios compañeros le dijeron a mi esposa es que “no se imaginaban” que yo era tan suelto, tan desenvuelto, capaz de hablar en público y “sostener conversaciones tan interesantes”. Yo por dentro, aún me río.

1 Comment De nerdo a lanzado

  1. rdiazp

    Bueno, Darío. Tenemos en común que los años del colegio NO FUERON DIVERTIDOS. Yo era el hazmerreír, y por mucho tiempo sufrí las cossecuencias de casi 10 años ininterrumpidos de burlas, bullying y rechazo que en el fondo fueron provocados por la inseguridades de esos que me atormentaban. No tuve un despertar tan temprano como el tuyo, más bien ha sido un proceso continuo y por etapas, pero hoy, y desde hace un buen tiempo ya, me siento bien conmigo misma. Similar a ti, no he leído ningún libro de autoayuda ni busqué ayuda profesional. Lo que dices es la clave: TENEMOS QUE DARNOS IMPORTANCIA. Nadie más lo hará por nosotros. Es un proceso que requiere de mucho valor en el sentido de que no todo el mundo está dispuesto a tener ese diálogo interno y hacer una introspección que básicamente dará al traste con complejos e ideas preconcebidas.

    Una cosa es irrefutable con este tema del bullying, que ha existido SIEMPRE: esa vaina deja secuelas y hace más daño de lo que cualquiera podría imaginar. La gente no entiende hasta qué punto esto es delicado o las consecuencias que pudiera tener a corto, mediano y largo plazo. Hay gente que nunca supera esto, hay otros a quienes les toma la vida entera. Hay rencores no superados por esta causa. Y al final del día, en el fondo de tanta necesdad inútil, resulta que hay uno con más miedos y temores que nosotros. ¡No sea usted pendejo!

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