Nota: Artículo publicado el 30 de abril de 1997.
A la memoria de José Rafael
El día 3 de mayo próximo se cumplirá el primer aniversario del asesinato de José Rafael Llenas Aybar. Es increíble que ha pasado todo un año desde aquellas horas de angustia, cuando nuestro país estuvo en vilo por el secuestro de José Rafael, para aparecer su cuerpecito al día siguiente, en un arroyo a medio zambullir, con 34 puñaladas en su frágil anatomía. Como pocas veces, sentí que toda la sociedad tenía un nudo en la garganta, una sensación de incredulidad, de pesar, de dolor…
Miles de preguntas se arremolinaban en las mentes de todos nosotros. Miles de teorías comenzaron a tejerse a raíz de la aparición de su cuerpo. Miles de lágrimas derramadas por miles de hombres y mujeres que ni siquiera lo conocían en persona. Las circunstancias de su desaparición y su asesinato eran leña para el fuego de la especulación.
Pero si las interrogantes eran muchas el sábado 4 de mayo, mayores fueron éstas cuando horas después la Policía Nacional detuvo a dos jovenzuelos de 19 años, uno de ellos primo de José Rafael. La acusación era igualmente contundente como inconcebible: Asesinato. Por separado, y con versiones contradictorias, ambos dijeron haber participado en hecho. Luego empezaron a divulgarse nuevas acusaciones, las más graves implicaban al esposo de la ex-Embajadora de Argentina, y a uno de sus hijos, Luis Palmas y Martín Meccía de Palmas, respectivamente. En un principio, Teresa Meccía de Palmas guardó silencio.
Desde esos días hasta hoy ha pasado casi un año. La justicia dominicana (en minúsculas a propósito) ha realizado muy tímidos esfuerzos por esclarecer el caso. La impresión popular es que NO existe voluntad de resolver el caso. El ejemplo más obvio de esta creencia es que los Palmas estuvieron en el país hasta el 14 de agosto, más de tres meses después del crimen, y nadie hizo el más mínimo intento por detenerlos.
Un grupo de ciudadanos responsables (alrededor de 200 personas), ante la inactividad de la justicia dominicana (de nuevo a propósito), montó una protesta-piquete en la Plazoleta del Hotel donde se “celebraba” de fiesta de despedida de la señora Meccía y sus adorados “bebés”. Yo me encontraba junto a un grupo de personas, la mayoría madres, muchas de ellas de alcurnia, aunque también muchas señoras de modesta apariencia. Alguien diseñó enormes carteles que con claridad mostraban nuestra ira e impotencia. Otros llevaron altoparlantes. Una familia compró miles de velones y los encendimos alrededor de todo el perímetro del Hotel. Era pleno mediodía, y sin embargo, a pesar del inmenso calor de agosto, más era el fuego que nos quemaba por dentro, al ver cómo la “señora” Meccía de Palmas se burlaba olímpicamente del pueblo dominicano.
El clímax de su desfachatez lo vi con mis propios ojos, cuando en un momento en que cantábamos el Himno Nacional y rodeábamos por completo la sala donde ella almorzaba con sus escasos y desvergonzados invitados, la “distinguida dama” alzó su copa de champaña y brindó por todos nosotros. “¡Brindo por ustedes, grupo de estúpidos que piensan que esta protesta me molesta!”, parecía decir con su sádica sonrisa.
Pero en esa copa no había champaña. En realidad, Teresa Meccía de Palmas bebía sangre. La Sangre de la Inocencia. La Sangre de la Infancia. Por extensión, la sangre de José Rafael… y la sangre de tus hijos y de los míos.
Se marchó a reunirse con el resto de su familia. “Martincito” había salido del país al día siguiente del crimen, y su esposo poco tiempo antes que ella. Desde entonces es difícil conocer su paradero. La prensa argentina se hizo eco de la noticia, y, a mi juicio, fue más diligente por averiguar los hechos que la justicia dominicana (ya lo saben, es a propósito).
El pueblo no tiene muchas esperanzas de que los Palmas Meccía serán inculpados. Mucho menos que recibirán algún castigo. La gente sabe, además, que ellos no actuaron por cuenta propia. Hay otros implicados, los cuales con seguridad residen entre nosotros todavía. Nadie hace nada por delatarlos. Nadie hará nada. Hacen falta mucho más de 34 puñaladas en el corazón de la Inocencia Dominicana para que se juzgue la maldad. Mientras tanto, tus hijos y los míos, y nuestros profesores (¿mencionaste a Narcisazo?), y nuestros periodistas (¿que Orlando qué?), y nuestros dirigentes estudiantiles (¿dijiste Amín Abel?), y toda la sociedad, continúa insegura, ante la saña de los asesinos.
Las cosas en nuestro país continúan igual. “Llenas Aybar” ya no es noticia. Quizás para el aniversario alguien lo recuerde. Quizás los Palmas Meccía, en su cómodo chalet, realicen un nuevo brindis a la memoria de José Rafael, y a la memoria del Estúpido Pueblo Dominicano (ahora, para variar, las mayúsculas son a propósito).



